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Por qué el jugar no es un juego

Veröffentlicht von am in Artículos y entrevistas
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Si pedimos a un adulto que piense en un momento feliz de su infancia, obtendremos múltiples respuestas pero de seguro, la mayoría de ellas tengan algo que ver con la actividad más deseada de la niñez: el juego.

Los expertos en salud mental siempre han hablado de la importancia del juego en los años infantiles, pero ¿por qué es tan vital para la integridad de un niño el jugar?

A través del juego los pequeños conocen el mundo que les rodean, se relacionan con el y sus elementos, lo procesan, aprenden a interactuar con otros, expresan sus pensamientos, ensayan roles de la vida adulta y crecen física, emocional e intelectualmente. De hecho es tal la importancia de esta actividad que ha quedado reconocida por la Comisión de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos como un derecho fundamental de cada niño.

Aquellos que estamos en contacto continuo con niños (bien porque nuestra profesión gire en torno a ellos, o bien porque formen parte de nuestras vidas de la manera más cercana posible, dándonos una identidad y con ella una función de padres, tíos, abuelos…) somos testigos del placer y alegría que invade a los pequeños al correr, construir, disfrazarse, acunar, pilotar, lanzar o ser (por un momento) alguien distinto…

Los beneficios de una infancia rica en horas de juego son extensos: Los niños utilizan (a la vez que desarrollan) la creatividad y la imaginación; construyen un mundo sobre el que tienen dominio, encontrándose con la posibilidad de incidir en el, lo que permite superar miedos y practicar roles diversos; desarrollan habilidades sociales y de interacción a la vez que exploran gustos y construyen su identidad, pasando también por un aprendizaje de estrategias de negociación, resolución de conflictos y defensas de los propios intereses.

A través de sus fantasías puestas en acción, los pequeños nos ofrecen una ventana para entenderlos mejor y comprender sus percepciones y frustraciones, sin la necesidad de demasiadas palabras. Es por ello que un tiempo de juego “no estructurado” entre padres e hijos es tan vital para un niño como beber o respirar. Mientras la carga académica y la preocupación por los deberes adquieren una importancia contundente, el tiempo dedicado a jugar se ve relegado a un tercer plano. Si a esto se suma el cansancio que conlleva para los padres cumplir con sus responsabilidades diarias y la prisa y la demanda a la que se enfrentan en estos tiempos no sólo los adultos, sino también los pequeños, la verdad es que queda poco tiempo y pocas energías para meterse debajo de una cama o unos cojines y “fulminar a los malvados” al “ganar la pelea” o tal vez para “llevar al bebé que está malito al doctor después de una larga noche de llantos y atenciones”.

Los padres pueden hacer y hacen muchas cosas por sus hijos, pero sin duda alguna una de las que más les va a marcar y ayudar es jugar con ellos. Lo que se construye entre un pequeño y un adulto al jugar es casi tan mágico como el juego mismo. El juego es una manera de vinculación estrecha entre padres e hijos, es una manera de hacer llegar el mensaje de: “eres importantísimo y te quiero dar y estoy dando toda mi atención”. Pensemos, por un segundo, lo que podemos ayudar a construir en un pequeño con un mensaje así.

Para existir utilizamos el tiempo que nos ha sido dado, pero para lo trascendental, si hace falta, el tiempo hay que fabricarlo. Acompañemos, construyamos, riamos, sintamos, mediemos, queramos a nuestros niños: Juguemos con ellos. 

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