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La validación emocional: Una necesidad básica en la infancia y la adolescencia

 

No recuerdo exactamente cuántos años tenía por aquel entonces, pero sé que aún era pequeña. El suceso que voy a compartir ocurrió unos años antes de mi décimo cumpleaños. No recuerdo (de forma precisa) lo que había sucedido, tampoco la razón exacta por la que estaba disgustada, simplemente recuerdo que me sentía así y que el disgusto en cuestión se había prolongado varios días. ¿por qué elegir entonces compartir una historia en la que faltan más datos de los que realmente se tienen? La respuesta es simple: Porque recuerdo exactamente cómo me sentí al vivirla y eso es lo importante.

 

Movida por la tristeza que sentía, recuerdo haber hablado con uno de los adultos más cercanos de mi contexto sobre lo que me estaba sucediendo. La respuesta que recibí, fue la siguiente. -“Bueno, esto no puede seguir así, algo hay que hacer y tienes que poner de tu parte”. Puede que me equivoque al reflejar las palabras exactas de la respuesta en cuestión (han pasado ya muchos años), sin embargo, recuerdo de manera inequívoca la expresión facial y el tono emocional que la acompañaron. Cualquiera podría pensar que el mensaje trasmitido fue positivo. Después de todo, el adulto en cuestión me estaba dejando saber que quería resolver la situación y ayudar. Sin embargo, yo me preocupé, me tensé y me abrumé.  Pensé: “Oh-Oh, X está preocupado y estresado, y es por mi culpa”. A lo largo de mi vida, he pensado varias veces en la escena que acabo de describir y con el tiempo, he sido capaz de clarificar algo que experimenté pero que en su momento no era capaz de nombrar:  Sentí una sensación de urgencia, como si se me estuviesen transmitiendo que tenía que “ponerme bien rápido” (a pesar de que esas palabras nunca fueron dichas en voz alta). Era como si no hubiese espacio para mis emociones, y a pesar de estar completamente segura de que el aducto en cuestión me quería, de que yo le importaba y de que tenía las mejores intenciones para conmigo, su respuesta, orientada a la acción y a la resolución de problemas se quedó corta. Le faltó el paso previo esencial: La validación emocional.

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