Los Niños y La Gratitud

Los Niños y La Gratitud

Al pensar en nuestra infancia, ¿cuántos de nosotros podemos recordar a nuestros padres, profesores y abuelos animándonos (enfáticamente) a dar las gracias cuando recibíamos un regalo o cuando alguien nos ayudaba con algo?

En lo que a mí respecta, recuerdo que mostrar gratitud y aprecio por lo recibido era tremendamente importante para los adultos con los que crecí. Si bien llegué a comprender con el paso del tiempo que las personas se sentían bien cuando yo les daba las gracias, mucho antes de que el concepto de empatía entrase a mi consciencia, yo vivía la gratitud como como una regla, una cosa más que “había que hacer”: Dar las gracias equivalía a ser cortés.

El ser cortés siempre ha sido y continúa siendo una cualidad muy valorada entre los seres humanos. Todos querríamos asegurarnos de que nuestros niños la llevasen consigo a lo largo de sus vidas. La cortesía habla bien no solo del niño que la práctica, sino del adulto responsable de haberla enseñado. Es una habilidad social que abre puertas. Podríamos decir que sólo nos deja ganancias. Y es, sin embargo, tan sólo una pequeña parte de algo mucho más grande: La gratitud.

Si fuésemos conscientes del peso psicológico que tiene la gratitud como valor vital, estaríamos menos preocupados por la simple cortesía y mucho más centrados en cultivar la gratitud, convirtiéndola entonces en una necesidad. Nos preocuparíamos tanto de ella como nos preocupamos de fomentar, por ejemplo, la habilidad matemática en nuestros hijos.

En términos generales la gratitud se asocia con la capacidad de dar las gracias, pero el interés de la psicología en la misma y las investigaciones que se han realizado como consecuencia de ello nos han permitido comprender que encierra una mayor complejidad.

Dicha complejidad queda perfectamente esclarecida por Robert Emmons, reconocida figura en lo que a gratitud respecta. Es profesor de psicología en la Universidad de California y se le considera uno de los mayores expertos mundiales en el campo que nos ocupa. Para él, la gratitud es un proceso que consta de dos partes.

La primera gira en torno a reconocer lo bueno presente en la vida del individuo.

Se podría decir que la gratitud inicia cuando la persona se detiene, presta atención y por ende, se da cuenta de que ha recibido algo (sea en el momento, en un pasado reciente o lejano).

La segunda parte del proceso consiste, según Emmons, en reconocer que la fuente de eso bueno que se ha recibido yace, al menos en parte, fuera del “self” (yo). Dicho de otro modo, la gratitud está directamente relacionada con la humildad, porque la persona se hace consciente de que alguien o algo lo ha provisto de cosas que han contribuido a su bienestar. 

A título personal, reconozco que a mi todo me suena como un gran regalo. Un proceso mágico por medio del que podemos apreciar bonanza en nuestra propia existencia, y contactar así con emociones positivas. Pero los beneficios de la gratitud van más allá: Los experimentos en materia de gratitud la han relacionado directamente con una mirada más optimista hacia la vida, mayor sensación de conexión con los demás, mayor longitud y calidad de sueño y con la disminución de quejas somáticas tales como el dolor. (Extracto y traducción de una entrevista a Robert Emmons para el blog SharpBrains, 2007).

¿Cómo podemos entonces enseñar a nuestros chicos el valor dela gratitud, la cual, si bien incluye la cortesía, la trasciende?

  • Modelar la gratitud: Hace muchos años ya, los psicólogos conductista comprendieron (a través de sus investigaciones) que una parte fundamental de la experiencia de aprendizaje de un comportamiento, reside en demostrar de una manera visual los pasos que conlleva para que el mismo pueda ser reproducido por el observador. Si queremos cultivar la gratitud en un niño, tenemos que enseñarle cómo se ejecuta.Imaginemos que vamos a dar un paseo por el parque o la sierra en pleno otoño. Esa sería una oportunidad perfecta para practicar el ser agradecidos. Como adultos podemos modelar la sorpresa y el entusiasmo de poder ver todas las tonalidades de amarillo, naranja y rojo. ¿Cómo?: abriendo nuestros ojos, utilizando un tono de voz alto y enumerando de manera detallada lo que vemos que nos causa fascinación. Para concluir podemos verbalizar lo mucho que nos alegra el poder estar ahí juntos experimentado todo eso.
  • Crear rituales familiares: Crear un ritual de gratitud no tiene por qué ser algo complejo. Simplemente se trata de buscar un momento del día en el que los miembros de la familia puedan expresar los motivos por los cuales se sienten agradecidos (quizás a la hora de cenar o después de la lectura del cuento antes de dormir). La edad de los chicos va a influir en las palabras que se escojan para expresar el mensaje. Si estamos con un niño pequeño, de 3 ó 4 años, se pueden utilizar expresiones más simple como por ejemplo: Estoy muy feliz porque hoy…X.Si los horarios de la familia son complejos y cuesta que todos puedan estar presentes a la vez, se puede crear el “frasco/tarro de la gratitud”. Se trata de asignar un color diferente de papel a cada miembro de la familia. Al transcurrir la semana, cuando uno de ellos se sienta feliz o agradecido por algo, lo escribe y deposita en el frasco. Al llegar el fin de semana la familia puede sentarse a compartir una merienda mientras lee el contenido del frasco/tarro.
  • Fomentar la expresión explícita de agradecimiento a través de cartas de gratitud. La definición de gratitud de Robert Emmons refleja que es un proceso activo, que requiere de reflexión e intencionalidad. Si fomentamos que nuestros chicos escriban notas de gratitud, estaremos ayudándoles a detenerse y pensar en los gestos y acciones que personas de su alrededor han realizado para con ellos, permitiéndoles así experimentar emociones positivas y agradables. Así mismo, estaremos brindándoles la oportunidad de presenciar cómo pueden contribuir al bienestar emocional de la persona que recibe las gracias

Departamento Psicológico, Psicoterapéutico y Coaching
Rocío Fernández Cosme
Psicóloga
Niños, adolescentes y adultos
Idiomas de trabajo: Español e inglés
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La validación emocional: Una necesidad básica en la infancia y la adolescencia

La validación emocional: Una necesidad básica en la infancia y la adolescencia

No recuerdo exactamente cuántos años tenía por aquel entonces, pero sé que aún era pequeña. El suceso que voy a compartir ocurrió unos años antes de mi décimo cumpleaños. No recuerdo (de forma precisa) lo que había sucedido, tampoco la razón exacta por la que estaba disgustada, simplemente recuerdo que me sentía así y que el disgusto en cuestión se había prolongado varios días. ¿por qué elegir entonces compartir una historia en la que faltan más datos de los que realmente se tienen? La respuesta es simple: Porque recuerdo exactamente cómo me sentí al vivirla y eso es lo importante.

Movida por la tristeza que sentía, recuerdo haber hablado con uno de los adultos más cercanos de mi contexto sobre lo que me estaba sucediendo. La respuesta que recibí, fue la siguiente. -“Bueno, esto no puede seguir así, algo hay que hacer y tienes que poner de tu parte”. Puede que me equivoque al reflejar las palabras exactas de la respuesta en cuestión (han pasado ya muchos años), sin embargo, recuerdo de manera inequívoca la expresión facial y el tono emocional que la acompañaron. Cualquiera podría pensar que el mensaje trasmitido fue positivo. Después de todo, el adulto en cuestión me estaba dejando saber que quería resolver la situación y ayudar. Sin embargo, yo me preocupé, me tensé y me abrumé.  Pensé: “Oh-Oh, X está preocupado y estresado, y es por mi culpa”. A lo largo de mi vida, he pensado varias veces en la escena que acabo de describir y con el tiempo, he sido capaz de clarificar algo que experimenté pero que en su momento no era capaz de nombrar:  Sentí una sensación de urgencia, como si se me estuviesen transmitiendo que tenía que “ponerme bien rápido” (a pesar de que esas palabras nunca fueron dichas en voz alta). Era como si no hubiese espacio para mis emociones, y a pesar de estar completamente segura de que el aducto en cuestión me quería, de que yo le importaba y de que tenía las mejores intenciones para conmigo, su respuesta, orientada a la acción y a la resolución de problemas se quedó corta. Le faltó el paso previo esencial: La validación emocional.

¿Qué es la validación emocional y por qué es tan importante?

Las experiencias que vivimos a lo largo de nuestras vidas despiertan emociones. La existencia humana no puede ser comprendida sin tomar las emociones en consideración y son esas mismas emociones las que nos permiten conectar con los demás. Validamos a alguien cuando somos capaces de transmitirle que sus experiencias, pensamientos y emociones tienen sentido (razón de ser), que aceptamos sus experiencias internas y que, por ende, los aceptamos a ellos. La validación es un acto de conexión humana, sincera y verdadera y toda persona necesita experimentarlo, de manera constante, a lo largo de su vida. La validación emocional transmite mensajes muy sustanciales: Te veo, me importas te comprendo (o intento comprenderte) y estoy aquí, (sin utilizar esas palabras, per se). Si nos detenemos a pensarlo, la validación tiene una importancia vital para la vida de cualquier ser humano, sin que importe en lo absoluto su edad. Desafortunadamente, a los padres y/o cuidadores se les habla poco sobre esta tarea crucial de la crianza. Podría decirse que la validación es una necesidad emocional primaria, como la seguridad y el sentimiento de ser querido.

La validación emocional resulta de vital importancia por un sinnúmero de razones: Impacta la capacidad de identificar, nombra, expresar y comprender emociones (sean estas propias o ajenas); contribuye a la construcción y mejora del autoestima; permite la internalización del modelo “que valida” observado, lo que se traduce después en la capacidad de auto-validarse y contribuye de manera directa al desarrollo de las estrategias de regulación emocional, disminuyendo la probabilidad de desarrollar conductas impulsivas como estrategia de regulación.

Para comprender de manera detallada lo que es la validación y sobre todo cómo materializarla, resulta necesario ilustrar, a su vez, su contra punto, es decir, la invalidación emocional. Cuando una persona siente que sus experiencias, pensamientos y emociones se juzgan, condenan o minimizan (restándoles importancia) está siendo víctima de una interacción invalidante. Los efectos de entornos emocionalmente invalidantes en la infancia deja huellas a largo plazo, las cuales se extienden hasta la adultez de los individuos que han crecido en dichos entornos. Las investigaciones sobre las consecuencias de la invalidación emocional subrayan que la exposición repetida y sistemática a dicha invalidación impacta la capacidad de nombrar y expresar emociones, fomentando así la inhibición emocional,  contribuyendo también a estados depresivos y al desarrollo de la tendencia de recurrir a comportamientos impulsivos (nocivos) que sirven para aliviar de manera abrupta pero puntual, un malestar emocional.

¿Cuáles son las características de la invalidación emocional?

En esencia, la invalidación emocional temprana (porque también puede haber invalidación en la adultez, claro está) ocurre cuando las figuras adultas referenciales de un niño o adolescente no se encuentran en sintonía con las necesidades y emociones que estos puedan tener y/o manifestar. En efecto, los adultos en cuestión responden desestimando, censurando o castigando (puede ser con gestos, miradas, tonos de voz…) la expresión de necesidades, pensamientos y emociones por parte de los menores. De hecho, el no acudir o no responder es la forma más primaria de invalidar. Si un niños llora, por ejemplo, calmarlo (tanto con palabras como con acciones) es una respuesta que valida, en lugar de etiquetarlo como “ llorica” lo cual lleva el mensaje implícito de: No deberías de estar llorando, no tiene sentido que te sientas como te sientes.

Si un niño expresa una necesidad, como por ejemplo “tengo hambre”, responderle dándole opciones sobre qué cosas puede comer es validarle, si por el contrario contestásemos con un “no es posible que tengas hambre, estaríamos invalidándole y transmitiéndole el mensaje (no verbal) de que la sensación corporal que está sintiendo, no es real.

Lo mismo podría suceder en lo que a emociones respecta, si un adulto le dice a un niño, “no deberías enfadarte”  (cuando en efecto, lo está), contribuyendo así a que el niño aprenda que sus emociones son incorrectas, que siente cosas que no debería de sentir y por ende que desconfíe de sus emociones, de su criterio y de sus reacciones a los eventos que puedan sucederle. Si el entorno familiar falla de manera constante en la terea de prestar atención a los pensamientos, emociones y sensaciones corporales de sus miembros más pequeños, podría estar reforzando de una manera no intencionada (claro está), la desregulación emocional. Y esta es la explicación: Si las señales emitidas no son tomadas en cuenta el niño o adolescente aprendería a intensificar o escalar las expresiones de dichas señales para obtener así lo que necesita de su entorno.

¿Cómo puede entonces materializarse la validación?

¿Como pueden padres y cuidadores validar a sus chicos? Marsha Linehan, la psicóloga americana que desarrolló la terapia Dialéctico Comportamental, compuso (dentro de la misma) un apartado de validación para que los terapeutas lo utilizasen en sus sesiones con los pacientes. Aquí resulta importante realizar un breve matiz: La terapia dialectico-comportamental fue desarrollada, en un principio, para abordar el trastorno límite de la personalidad (trastorno del que la misma Linehan había sido diagnosticada). La invalidación emocional en la infancia tiene un papel casi protagónico en la vida de la mayoría de las personas diagnosticada con TLP.

La teoría detrás del apartado de validación para el uso de terapeutas, puede extrapolarse al cuidado y la crianza, para ser utilizada por padres y/o cuidadores. De los 6 niveles de validación expuestos por Linehan, utilizaré cuatro para dar ejemplos concretos sobre cómo puede validarse de una manera consciente y elegida.

Nivel uno: Presencia y curiosidad.  Prestar atención es la clave. Cuando tu niño o adolescente se comuniquen contigo, sintoniza con la emoción que te estén revelando, tanto de manera verbal como gestual. Mantener un buen contacto ocular, agacharse o sentarse para colocarse  a su nivel, un toque o contacto físico sutiles, etc, son formas de comunicación no-verbal que validan.

Nivel dos: Reflejar. Ser espejo. Consiste en traducir (de manera adecuada) a palabras, lo que se observa y comunicarlo al niño o adolescente. El objetivo es la comprensión de la experiencia interna de nuestros chicos sin juzgarla. Parafrasear cuando son algo más fluidos verbalmente o mayores es una excelente herramienta. Por ejemplo: -“Déjame ver si he entendido bien: Me has dicho que…. ¿es correcto?”

Nivel tres: Revelar lo que no ha sido dicho. En esencia, si el adulto ha estado prestando atención al niño o adolescente, será capaz de intuir y decodificar cosas que no han sido dichas de forma explícita. Por ejemplo, un niño puede encontrarse llorando y quejarse sobre algo que le ha hecho su hermano, sin nombrar emoción ninguna. Su adulto-referente podría intervenir diciendo: “…imagino que eso te hizo enfadar”. Para Linehan, el nivel tres se resume en: “leer la mente”. En sus formas más complejas abarca descifrar no solo lo que la persona siente, sino también sus pensamientos y aquello que se encuentre desando, entre otros. Es importante tener en cuenta el preguntar si se está en lo correcto después de “leer la mente a alguien”, para dar espacio a cualquier clarificación, ya que si no, podríamos paradójicamente invalidarle.

Nivel cuatro: Es una premisa que debe de servir como guía para funcionar: Todo comportamiento es causado por un evento o bien, constituye la respuesta a un suceso.  Este es sin duda alguna uno de mis niveles preferidos, por que nos ayuda a comprender y a tener compasión. Contrario a lo que se pueda pensar, no significa (bajo ningún concepto) que cualquier comportamiento será aprobado o excusado. El siguiente ejemplo lo ilustra de manera clara: Un chico no ha realizado sus deberes y miente a su profesor. Es comprensible que el chico mienta por temor a las consecuencias que el no haber hecho sus deberes pueda traerle. El adulto puede comunicarle al chico que entiende que puede haber habido miedo (nivel 3 o nivel 2 si el chico ha explicado que sintió temor) y que la mayor parte de los animales (humanos incluidos) hacen cosas para protegerse cuando sienten miedo. Sin embargo, esas cosas no siempre son las más sabias, sirviendo solo a corto plazo, y empeorando  la situación a la larga.  A partir de ahí se podría adoptar una estrategia de resolución de problemas para pensar en posibles opciones que permitan al chico corregir su comportamiento disfuncional.

Si eres un adulto  troncal en la vida de un menor, un padre/madre, un cuidador, un profesor, un tío o tía o un primo mayor, ten presente el profundo impacto que la validación puede tener en el desarrollo emocional de los niños adolescentes presentes en tu vida. No importa si se trata de una conversación trivial, profunda o de una charla seria sobre las reglas, valídale por favor.

Departamento Psicológico, Psicoterapéutico y Coaching
Rocío Fernández Cosme
Psicóloga
Niños, adolescentes y adultos
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Stop Walking on Eggshells

Stop Walking on Eggshells

Stop Walking on Eggshells

“Stop Walking on Eggshells”. Paul T. Mason, MS. and to Randi Kreger

Two authors go on a quest to help the readers better understand the diagnosis of Borderline Personality Disorder, while enlightening non-diagnosed family members and friends on how to take some control over their lives and improve the relationships with their diagnosed loved ones.

The world of psychology is an enormously wide one. Within it, there are a considerable amount of trains of though and approaches. Their purpose: a better understanding of the emotional and intellectual functioning of human beings.

Some of the ideas that have emerged throughout history, have later evolved into renowned theories, paradigms or schools, that have developed their own method of both conceptualizing and approaching a problem. Cognitive-behavioral therapy for example, aims at understanding the relationship between thoughts, feelings and behaviours and sustains that by targeting one of the three aspects, the other two can and will undergo changes and modifications, all with the purpose of alleviating a person’s distress or reducing negative behaviors towards themselves or others.

Systemic or family therapy rests its foundation in the concept that an individual is him/her and the context she functions in. This means that a person and the problem they face cannot be isolated from a social conceptualization, because humans exist in a continuum of interpersonal relations, and these relations are the focus when understanding and addressing a problem.  We could go on for quite a while, exploring more theories, but that would divert us from the objective of this brief post.

Psychological theories or schools differ in their origins, postulates and work approaches. They also differ on the idea of whether or not “labelling” or diagnosing a person (with a disorder that has been given a name and a series of diagnostic criteria) has positive or negative influences, not only on the person that receives it but also on their family and social context.

Some people find relief in a diagnosis: they can finally name and understand what is happening to them, and they come to learn that they are not the only ones who struggle with their condition: be it a communication, eating, personality or trauma and/or stressor related disorder, among others. Other patients and clinicians, on the other hand, find that using a label or diagnosis is quite the opposite of helpful, and that the person linked to it, often feels that his or her identity is mainly constructed and understood around the condition, preventing others from seeing their strengths and healthy aspects.

After this overly-extended introduction, we can come to focus on one of those “labels”: A diagnosis that affects almost 2% of the general population, although some authors have found in their research an even higher prevalence of the disorder, affecting more women than men: Borderline Personality Disorder.

Oftentimes, we come to find the behaviors or emotional responses of a loved one-be it a friend, family member, life partner, etc- as strange, overwhelming, guilt-inducing, completely narrow (black or white constructions) or as extremely rapidly-shifting.  A lot of people can fit into the ambiguous description just addressed a few lines above. However, when a person exhibits: a continuous sense of emptiness, accompanied by deep fears of abandonment, lack of self-regulatory skills when it comes to handling emotions, alternates between idealizing and devaluating the same person, acts impulsively in ways that can be harmful to themselves, exhibits a very unstable sense of self and incurs in self harming behaviors or threatens or attempts suicide, we could be in the presence of a person struggling with Borderline Personality Disorder.

The person facing the diagnosis has a big battle to fight: Therapy (which will include intense personal awareness and work) and sometimes medication are needed to understand the disorder and make the necessary modifications and acceptances, in order to live. However, friends or family members of someone who has such diagnosis, can come to be inevitably placed in a state and/or situation that they have not chosen but need to face, nonetheless.  “Stop walking on eggshells” is a book that can easily take the shape of light to use while walking through a tunnel. It offers concrete help for those people who have the diagnosis in their life, in the form of a condition that affects someone they love. They are not the ones who have been given the diagnosis, but that does not mean that it doesn´t affect them as well.

The authors of the book have chosen the option of diagnosis, as a means to understand the struggle a person with Borderline Personality Disorder undergoes each day. Also, as a way to help change unhealthy relational patterns and give some control to those who find themselves tangled in the web of the diagnosis, but do not wish to cut out from their lives the person that faces the condition. A big thanks are owed to Paul T. Mason, MS. and to Randi Kreger (the authors), who not only use the diagnosis in order to offer a better comprehension of the condition but also take the necessary pages to examine in detail each of the diagnostic criteria proposed by the Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders.

If you read the book, you will begin the process of understanding why a person with the diagnosis acts the way they act, and you will be able to start the slow process of separating them from the disorder, without diminishing the responsibility for their actions in the process. The words in the title ”Walking on Eggshells” very well describe what existence feels like for a lot of spouses, family members or friends.

They do not know where they stand: They are afraid to say or do the wrong thing, not knowing which of their actions will result in a temper outburst, a major withdrawal from their loved one or an unexpected idealization (and almost heroic perception), with the following opposite demonization, that no one knows when will come.

The dance to be learned is a delicate one, and boundaries play a very big part in it. Individuals that face the diagnosis have a very hard time with boundaries in general. One of the best ways in which a non-borderline-personality-disorder-diagnosed person can help their loved one is by constructing and maintaining healthy boundaries. Since they are a source of conflict, oftentimes they are not proposed, but they are certainly one of the key ingredients in a relationship with someone who has been diagnosed with the disorder.

The book also comes with a workbook that suggests exercises that prove very useful to both conceptualize and practice new ways of relating to a diagnosed loved one.

Underestimating the emotional pain and fear that a person with Borderline Personality Disorder experiences is a common trap people fall into. The first step is to empathize as much as you can with the person who has been diagnosed :The book will help you; once true understanding has taken place, there is a serious second step to consider: it involves asking oneself hard questions such as, what choices have I made in the past?, are they the best ones for me right now?, do I need to feel needed?, what rights do I feel I have?, what do I feel that I can ask of others?, What am I responsible for in a given relationship? These questions will help acknowledge the responsibility we have towards ourselves in any given interaction and therefore help on the path towards assertiveness.

If you choose to read the book, know that a good amount of reflection and self-criticism will be inevitably involved. But that is precisely how we can become essential blocks in the construction of healthier realities, both for ourselves and for those we love. We, as the authors, can choose to use a diagnosis for the better.

Departamento Psicológico, Psicoterapéutico y Coaching
Rocío Fernández Cosme
Psicóloga
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Construyendo familias: Los rituales

Construyendo familias: Los rituales

Los psicoterapeutas y los psicólogos solemos tener un principio básico que nos acompaña en nuestro quehacer educativo y terapéutico, ayudándonos  –valga la redundancia- en nuestra  labor de “ayudar”. Ese principio se podría transmitir de muchas maneras diferentes, pero utilizando un modo claro y poco poético, sonaría algo así como:

Las rutinas en la vida de cualquier familia y niño son necesarias, porque generan un ambiente más estable y ayudan a la consolidación de comportamientos, creación de hábitos y un funcionamiento general más sano.

Muchas veces hemos oído que el ser humano es social, que necesita del contacto e interacción con otros no solo para su supervivencia, sino para el disfrute pleno de su ser y estar. Y ese buscar al otro, disfrutar de él, empatizar con sus circunstancias y descubrirlo, se hace creando lazos.  Lazos que, tal y como se encuentra diseñada la vida de hoy, posiblemente surgirán, para los más pequeños, en el lugar en el que pasan la mayor parte de sus horas de vigilia: el cole.

Suena muy utópico, para un niño de 2 años, eso de crear lazos, pero llevado al terreno práctico no significa más que “gozar de y en compañía”. A menudo se da poca importancia a las relaciones sociales de los pequeños llegando a ser incluso el aspecto que menos preocupa cuando, realmente, lo importante de que una “personita” asista a un jardín de infancia, no es que aprenda los colores, o que pueda decir los días de la semana en inglés.

Sí, esa premisa muchos la llevamos como bandera, porque creemos en ella, y porque hemos visto sus resultados positivos, no solo en la práctica clínica, sino en las familias, que como seres comunes que somos, nos rodean y pertenecen a nuestro círculo de amigos, seres queridos o conocidos. Sin ánimo de restar importancia ninguna a las rutinas, ya que yo me incluyo dentro de ese grupo que las defiende porque cree en ellas, quisiera colocarlas, por un momento, en el perchero, para abrir la puerta a un “primo” cercano de las mismas, un concepto sobre el que se piensa mucho menos pero que tiene un lado mucho más emotivo, cálido y no por ello, menos importante: El ritual.

Quizás al ver escrita la palabra ritual, pensemos en una especie de ceremonia, quizás abstracta, quizás incluso de carácter religioso, y entonces, a lo mejor, quien se encuentre leyendo empiece a preguntarse: con tanta información que hay ahí fuera para aprender cosas, ¿para qué habré empezado a leer esto?  Pero los rituales a los que aquí se hará referencia, son más cercanos. Ellos encierran en sí tanto sentido, tanto significado y tanta magia que al empezar a comprenderlos, este artículo se cargará justo de eso, de sentido y magia, y dejará de ser pesado, quizás para convertirse en algo que logre hacer sonreír.

Pensemos por un segundo en la cena de navidad en casa de los abuelos, o en los cuentos que leía papá a lo mejor una vez a la semana o al mes a la hora de dormir, o tal vez en la noche antes de que vinieran Santa Claus o los Reyes Magos, en la que les dejábamos (en algún lugar de la casa) galletas o hierba, o incluso algún bocata de chorizo.  Esos eran y son rituales. Una serie de acciones que se materializan, se convierten en hechos, por la simbología que encierran, es decir, por el significado peculiar que suponen para quien los hace y por la idea que está detrás de los mismos. Lo relevante, no es el  hecho de ponerle hierba a un camello, sino preparar con ilusión una llegada esperada e incluso transmitir empatía (vienen  de lejos y tendrán hambre). Los rituales son aquellas acciones que van conformando tradiciones.

Uno de los aspectos más positivos de los mismos es que pueden tener distintos matices en cada familia, aunque partan de algo común a más personas. Cada familia es única y por ende sus rituales tienen una dimensión única para cada una de ellas. Algunos son súper graciosos, como hacer una pijamada de adultos y niños por navidad, otros son más sentimentales, como escribir una carta anual a la tía que ya no está entre nosotros, pero lo importante es que son personales y cercanos al corazón de quienes los viven.

Los rituales en las familias son tan importantes como las rutinas. Su diferencia radica, según la Dra. B. Fiese en que en los primeros,  la comunicación tiene una finalidad muy concreta,  suceden con una temporalidad determinada y encierran un mensaje del tipo “esto es lo que necesitamos hacer”, sin que después de materializarlos se pase mucho tiempo reflexionando sobre ellos. Ayudan a que la dinámica en casa sea organizada, estable y con límites.

Los rituales, sin embargo, permiten un pasar del tiempo compartido, en el que conocemos a los demás mejor.

A través de ellos se contribuye  al desarrollo de un sentido de seguridad, porque los niños saben cómo van a suceder y qué esperar de los mismo, pero lo más bonito y mágico de los rituales es que construyen un sentido de pertenencia a un grupo único: la familia y ayudan a forjar una identidad: “estos somos nosotros”.

Quizás la de “somos los Pérez, esos que (además de otras cosas claro está) hacen un picnic una vez al mes” o “somos los Martínez, para quienes la primavera es sinónimo de ilusión y, con la llegada de la misma, celebramos el día del cambio de armarios con música, en pijamas moradas y con macarrones al horno”. A diferencia de las rutinas, los rituales si conllevan pensamientos posteriores acerca de los mismos. Pensamiento con los que también se recuerda un sentir. Espero que, a estas alturas los rituales ya hayan empezado a inundar estas letras con su magia y me estén ayudando a hacer sonreír a quien, pese a los párrafos más técnicos, decidió seguir leyendo.

No se trata de elegir algo al azar y empezar a hacerlo todos los años, sino más bien de continuar con tradiciones establecidas por generaciones precedentes, siempre y cuando se comparta el sentido que encierran, o bien crear rituales nuevos basados en la reflexión de qué se quiere transmitir a través de ellos. Hay padres que optan por hacerse una foto todos los años en el mismo lugar para que la familia pueda ver “cómo hemos ido creciendo”, pero sabiendo a la vez que “crecen juntos” y que siguen estando ahí los unos para los otros. Otros disfrutan por ejemplo de inaugurar el inicio de cada curso escolar con una cena especial en la que se habla de los sueños que cada uno tiene para ese nuevo comienzo académico. Lo verdaderamente importante es que los rituales existan, tengan la peculiaridad que tengan.

La literatura psicológica dedicada al estudio de familias, publicada a través de la American Psychological Association sostiene, por ejemplo, que los padres que conocen mejor a sus hijos son capaces de desarrollar estrategias de parentalidad más eficaces y por ende, de sentirse -ellos mismos- más competentes y seguros de sí. Los rituales son una manera “especial” de estar con los nuestros. Pasar tiempo juntos, ya sea comiendo o jugando es lo que va a permitir saber más de las peculiaridades de cada miembro de la familia, de eso que lo hace a cada uno ser ella o él y a la larga, ese conocimiento es lo que nos va a permitir apreciar, valorar, querer y saber cómo estar ahí para aquellos quienes son nuestros compañeros de la vida, y que se han convertido en piezas clave de nuestras existencias, nuestras familias.

Aquel que regala un ritual regala algo que construye, que perdura y que trasciende.

Departamento Psicológico, Psicoterapéutico y Coaching
Rocío Fernández Cosme
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De corderos, amigos y el arte de conocer

De corderos, amigos y el arte de conocer

Así como la sabiduría misma puede revelarse a través de las cosas más sencillas, resulta ser que a menudo, grandes tratados de psicología se encuentran escondidos en los recovecos más insospechados e incluso aparentemente ingenuos.  He aquí uno de ellos.

En algún lugar del capítulo 4, del que puede considerarse uno de los más tiernos e inocentes relatos, Antoine de Saint-Exupéry en su “Principito”  nos cuenta como la prueba de que este pequeño existió, “es que era encantador, que reía y que quería un cordero”.  Subrayemos aquí el concepto de querer un cordero y remontémonos al relato.  El Principito, aquel “hombrecillo rubio”,  como lo llamaba el narrador y piloto de la historia le pide nada más y nada menos, justo en el momento en que lo conoce, que le dibuje un cordero. Y la razón por la que le pide un cordero, es porque quiere un amigo.  Para Antoine, la prueba  fehaciente de la existencia  de aquel ser menudo, era el hecho de quería  un amigo. Poco más merece, según el autor,  ser destacado como testimonio de la vida del “hombrecillo” y está psicológicamente en lo cierto.

El existir no se concibe sin el anhelo de un otro.

Muchas veces hemos oído que el ser humano es social, que necesita del contacto e interacción con otros no solo para su supervivencia, sino para el disfrute pleno de su ser y estar. Y ese buscar al otro, disfrutar de él, empatizar con sus circunstancias y descubrirlo, se hace creando lazos.  Lazos que, tal y como se encuentra diseñada la vida de hoy, posiblemente surgirán, para los más pequeños, en el lugar en el que pasan la mayor parte de sus horas de vigilia: el cole.

Suena muy utópico, para un niño de 2 años, eso de crear lazos, pero llevado al terreno práctico no significa más que “gozar de y en compañía”. A menudo se da poca importancia a las relaciones sociales de los pequeños llegando a ser incluso el aspecto que menos preocupa cuando, realmente, lo importante de que una “personita” asista a un jardín de infancia, no es que aprenda los colores, o que pueda decir los días de la semana en inglés.

A los padres eso los alienta, hace que en sus torsos crezca el sentimiento de orgullo, que ojo, es muy importante; sin embargo, lo realmente trascendental es que los pequeños aprenda a vincularse, a interpretar señales sociales, a compartir y a buscar y disfrutar la interacción con sus pares. Los padres, no están en el cole, pero el ejemplo vivo de una conducta empática o emotivamente divertida no requiere su presencia continua en el centro escolar. Al llegar al cole a buscar a los más pequeños (con sus 2 o 3 años), no sólo hay que limitarse a preguntarles por su día, de hecho, escasa introspección y reflexión  podrán ofrecer.

Tomarse 5 minutos para además de darle todos los besos y abrazos que quepan en ese instante, preguntarles si un chico o chica específico ha ido al cole ese día, proponerles que vayan a decirle adiós o que vayan a ver si está jugando con sus padres en el arenero y entonces acompañarle, interesarse por el “amigo”, hablarle, hacerle reír, etc.,  va a servir de modelo a una conducta y a la vez despertará un interés que va más allá del mecánico “interactuar educado”.

Hay que fomentar la construcción de vínculos realmente significativos en los niños, tengan la edad que tengan.  Y para ello hay que potenciar las interacciones sociales en los chicos, fuera del colegio también, inscribiéndolos en alguna actividad extracurricular, haciendo el esfuerzo de salir con ellos al parque y asistirlos en la labor de relacionarse con otros o incluso utilizando los “play dates” o citas de juego, que son comunes en Estados Unidos y pueden ser un recurso al cual recurrir si vemos que nuestros chicos se sienten más cómodos en grupos pequeños y en un ambiente conocido y más reducido como puede ser una casa.  A la vez, los play dates sirven también para que los padres, que han de “modelar” aquello que quieren ver en sus hijos, tengan la ocasión de conocer a otros padres abriendo así posibilidades para ellos mismos.

Todos los adultos sabemos que las experiencias sociales únicas, o los vínculos especiales son los que realmente crean una resonancia emocional en nosotros, una sensación incluso física de “emoción” cuando pensamos en personas queridas o las vemos. Y la razón por la que estos sucede, es que han dejado de ser completamente ajenas y se han convertido un poco en “nuestras”. Hemos pues, creado un lazo con ellas. Se podría decir (tomando prestado el concepto tal y como lo utilizó De Saint-Exupéry) que hemos “domesticado” a alguien, o nos han “domesticado” a nosotros.

Remontémonos otra vez al relato que nos ocupa, para centrarnos esta vez en una propuesta: Propuesta que un zorro hace al pequeño Principito, quien estuvo poco tiempo en el planeta tierra, pero hizo a otros parte de sí y también se hizo él parte de otros: “Si me domesticas -dijo el zorro, seré para ti único en el mundo. Serás para mí único en el mundo…mi vida se llenará de sol”. Astutas criaturas son los zorros, y este más aún. He aquí el gran, sabio y pequeño secreto a voces del que se hizo eco y que escogió compartir con su amigo de rubios cabellos: “Sólo se conocen las cosas que se domestican. Los hombres ya no tienen tiempo para conocer nada”.

Hay cosas que merece la pena que se extingan, como los hombres que ya no tienen tiempo para conocer nada. Y hay pequeños grandes tratados que merecen la pena ser compartido, como éste. Pero sobre todo, hay cosas que merecen la inversión de todo el tiempo que sea necesario para cultivarlas, tal y como el que un niño aprenda a domesticar.

Departamento Psicológico, Psicoterapéutico y Coaching
Rocío Fernández Cosme
Psicóloga
Niños, adolescentes y adultos
Idiomas de trabajo: Español e inglés
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El enfado y las tortugas

El enfado y las tortugas

Cuántas veces no habremos visto a un niño pequeño (y no tan pequeño) ser dominado por sus emociones. Una rabieta, lágrimas o gritos desproporcionados ante un evento relativamente poco importante o tal vez un cerrarse en si mismo y negar cualquier interacción con el medio, son algunas de las maneras en las que niños, adolescentes e incluso algún mayor, experimentan frustración, enfado, vergüenza o distrés en general.

A lo largo de nuestras vidas, todos vamos aprendiendo cómo expresar lo que sentimos, y una parte importante de ese expresar es la modulación. Las emociones (produzcan estas sensaciones agradables o displacenteras) tienen cada una su razón de ser y estar entre nosotros: ¿qué sería del mundo por ejemplo, si no existiera el enfado? Podríamos pensar, como bien lo explican algunos niños que sin el enfado, “no me importaría si me hiciesen algo malo, no me defendería” o “no me daría cuenta de que algo no me ha gustado”. Cuánta razón tienen… Ahora bien, una expresión desbordada, a destiempo o incluso que pueda hacer daño a la persona que experimenta y expresa la emoción o a otras a su alrededor, no beneficia a nadie. De ahí que la modulación o regulación (como quiera etiquetarse) sea un factor importante a la hora de “dejar ver” lo que se siente.

Cada emoción tiene su razón de ser, como bien me han dejado claro alguno de los pequeños con los que interactúo día tras día. Esto puede ser una obviedad, pero si vemos alguien sonreír, de seguro esa sonrisa ha venido precedida por una causa que resulta agradable a ese alguien. Si alguien siente una emoción, ha habido pues un evento desencadenante.

De ahí que las emociones (y el sentirlas) no debe ser ignorado por un adulto frente a un niño. Las emociones deben ser identificadas, nombradas y validadas.

Así es como alguien pequeño va a aprendiendo lo que siente y en el mejor de los casos, a comprender la causa de ese sentir.

Y qué tendrá que ver una tortuga con sentir, modular y dejar ver…Cuando pensamos en una tortuga, a lo mejor nos viene a la cabeza una imagen de pasividad, o incluso de cobardía, pero lo cierto es que es un animal que por una parte refleja tranquilidad, y por otra, sabe cuando protegerse. La tortuga fue pues el animal elegido para desarrollar la adaptación infantil de una metodología de regulación emocional en adultos con problemas de manejo de ira. Dicha adaptación (desarrollada por Schneider y Robin, 1990) es precisamente lo que quiero compartir con aquel que se haya animado a descubrir, leyendo, la relación entre el enfado y las tortugas.

La “Técnica de la tortuga” consta de varios pasos y aunque su uso fue concebido para dar respuesta al desbordamiento e impulsividad nacientes del enfado, hoy en día también se usa para el fomentar el autocontrol en niños con trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Hay distintas versiones sobre como entrenar a los niños para usar el método. Quizás la más simple es la resumida.

  • Cuando ocurra algo que te haga sentir frustrado o enfadado date cuenta de lo que estás sintiendo, y cómo se siente en tu cuerpo (¿tienes calor? ¿Se notan tus músculos estirados o tensos? ¿Sientes muchas ganas de llorar?)
  • Piensa en la palabra STOP o DETENTE, y mantén tus manos, piernas y palabras quietas.
  • Cierra los ojos, métete en tu caparazón y empieza a respirar profundo, cogiendo aire por la nariz y soltándolo por la boca. A la vez, piensa en pensamientos que te ayuden a calmarte, tales como: “Yo sé como sentirme más tranquilo”, “si respiro despacio puedo calmarme”, “cuando me sienta más relajado lo puedo volver a intentar …”
  • Sal del caparazón cuando hayas pensado en una solución o cuando te encuentres relajado y puedas hablar del problema que has tenido.

Es muy probable que una vez conozcan estos pasos, necesitemos enseñar a los pequeños maneras en las que puedan solucionar conflictos, es decir, a producir el paso número cuatro de una manera más concreta y con ejemplos prácticos, partiendo de situaciones que puedan ocurrir en casa o en el cole.

Hoy en día muchas veces pretendemos que nuestros niños se instruyan solos, que tengan todas las respuestas antes de tiempo, que no se “porten mal” y que sean modélicos, casi robots… Hay que instruirlos, enseñarles, tomarse el tiempo de explicarles por qué “no se pega” o cómo mamá y papá también se enfadan y qué hacen para sentirse mejor. Es mejor tener a pequeños ensayando cómo ser tortugas y no a adultos desprovistos de herramientas para luchar contra la hiena, hipopótamo, oso pardo o tal vez tiburón que a veces despiertan en nosotros.

Departamento Psicológico, Psicoterapéutico y Coaching
Rocío Fernández Cosme
Psicóloga
Niños, adolescentes y adultos
Idiomas de trabajo: Español e inglés
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Por qué el jugar no es un juego

Por qué el jugar no es un juego

Si pedimos a un adulto que piense en un momento feliz de su infancia, obtendremos múltiples respuestas pero de seguro, la mayoría de ellas tengan algo que ver con la actividad más deseada de la niñez: el juego.

Los expertos en salud mental siempre han hablado de la importancia del juego en los años infantiles, pero ¿por qué es tan vital para la integridad de un niño el jugar?

A través del juego los pequeños conocen el mundo que les rodean, se relacionan con el y sus elementos, lo procesan, aprenden a interactuar con otros, expresan sus pensamientos, ensayan roles de la vida adulta y crecen física, emocional e intelectualmente. De hecho es tal la importancia de esta actividad que ha quedado reconocida por la Comisión de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos como un derecho fundamental de cada niño.

Aquellos que estamos en contacto continuo con niños (bien porque nuestra profesión gire en torno a ellos, o bien porque formen parte de nuestras vidas de la manera más cercana posible, dándonos una identidad y con ella una función de padres, tíos, abuelos…) somos testigos del placer y alegría que invade a los pequeños al correr, construir, disfrazarse, acunar, pilotar, lanzar o ser (por un momento) alguien distinto…

Los beneficios de una infancia rica en horas de juego son extensos:

  • Los niños utilizan (a la vez que desarrollan) la creatividad y la imaginación; construyen un mundo sobre el que tienen dominio, encontrándose con la posibilidad de incidir en el, lo que permite superar miedos y practicar roles diversos
  • Desarrollan habilidades sociales y de interacción a la vez que exploran gustos y construyen su identidad, pasando también por un aprendizaje de estrategias de negociación, resolución de conflictos y defensas de los propios intereses

A través de sus fantasías puestas en acción, los pequeños nos ofrecen una ventana para entenderlos mejor y comprender sus percepciones y frustraciones, sin la necesidad de demasiadas palabras. Es por ello que un tiempo de juego “no estructurado” entre padres e hijos es tan vital para un niño como beber o respirar.

Mientras la carga académica y la preocupación por los deberes adquieren una importancia contundente, el tiempo dedicado a jugar se ve relegado a un tercer plano.

Si a esto se suma el cansancio que conlleva para los padres cumplir con sus responsabilidades diarias y la prisa y la demanda a la que se enfrentan en estos tiempos no sólo los adultos, sino también los pequeños, la verdad es que queda poco tiempo y pocas energías para meterse debajo de una cama o unos cojines y “fulminar a los malvados” al “ganar la pelea” o tal vez para “llevar al bebé que está malito al doctor después de una larga noche de llantos y atenciones”.

Los padres pueden hacer y hacen muchas cosas por sus hijos, pero sin duda alguna una de las que más les va a marcar y ayudar es jugar con ellos. Lo que se construye entre un pequeño y un adulto al jugar es casi tan mágico como el juego mismo. El juego es una manera de vinculación estrecha entre padres e hijos, es una manera de hacer llegar el mensaje de: “eres importantísimo y te quiero dar y estoy dando toda mi atención”. Pensemos, por un segundo, lo que podemos ayudar a construir en un pequeño con un mensaje así.

Para existir utilizamos el tiempo que nos ha sido dado, pero para lo trascendental, si hace falta, el tiempo hay que fabricarlo. Acompañemos, construyamos, riamos, sintamos, mediemos, queramos a nuestros niños: Juguemos con ellos.

Departamento Psicológico, Psicoterapéutico y Coaching
Rocío Fernández Cosme
Psicóloga
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“Life without ED”. “La vida sin ED”

“Life without ED”. “La vida sin ED”

“Life without ED”. “La vida sin ED”

Libro: “Life without ED”. “La vida sin ED”.2004. Jenni SChaefer con la colaboración de Tom Rutledge.

Nadie se imaginaría, al ver el título de este libro que ED no es una persona. De hecho, la mayoría de las mujeres pensarían que es un libro destinado a ayudarlas en un proceso de ruptura, separación o a superar la muerte de un cónyuge o ser querido; nada más alejado del verdadero contenido de esta obra, simple, pero llena de realidad y a la vez de esperanza.

Por sus siglas en inglés, ED corresponde a la terminología “Eating disorder” en español Trastorno de la conducta alimenticia, utilizada por psicólogos y psiquiatras para diagnosticar a personas que tienen dificultades en su relación con la comida.

Jenni, la autora del libro, narra cómo consiguió, con la ayuda de su terapeuta Tom (quien está vivo no sólo a través del relato de Jenni, sino que hace aportes escritos por él mismo a la obra) declarar su independencia frente al trastorno de conducta alimentaria que la había acompañado casi desde su niñez. A través de sus palabras, Jenni manifiesta de una manera llana los altibajos experimentados durante su proceso de independización y lo hace con capítulos cortos, que hablan sobre cómo fue viviendo aspectos y situaciones puntuales de las distintas esferas vitales que toca un trastorno de esta índole.

Es una aproximación realista y a la vez terapéutica del viaje continuo y laborioso que emprende alguien cuando está decidido a luchar contra su propio ED. El forma parte (lamentablemente protagónica) de la vida de quien lo sufre, pero puede ser desterrado, puesto fuera y combatido si se asume el compromiso consigo mismo, de sabotear a ED, sus costumbres y sus mensajes. Desvincularse de un trastorno alimenticio es un proceso complicado, requiere mucho trabajo y enfrentarse a cosas de la propia persona que son difíciles de admitir; vas más allá de comer, dejar de hacerlo o vomitar.

Contar el libro sirve de poco, hablar sobre las técnicas terapéuticas utilizadas por Jenni y lo que la ayudó tiene poco sentido cuando existe la opción de vivir la historia a través de sus protagonistas: Tom, Jenni y ED. Si crees que tu, o alguien que conoces está librando una batalla contra un trastorno de conducta alimentaria, busca asistencia psicológica, conoce a Jenni a través de “Life Without ED” y quédate con esta cita:

“No se trata de perder kilos. Solo hay una cosa por la que hay que hacer todos los esfuerzos posibles por perder, y es tu problema con la comida”.

Departamento Psicológico, Psicoterapéutico y Coaching
Rocío Fernández Cosme
Psicóloga
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Summer holidays are here: Importance of Friendship

Summer holidays are here: Importance of Friendship

When we think of friendship, many names can pop into our heads. Friendship is one of the most beautiful and fragile relationships we experience in life. Most of us have had friends, and are probably going to make new ones. However, are we really aware of how our friendships have helped us? Why friends are so important in our lives? And most importantly, what are the lessons in life that friendship teaches us?

When I was a child, my sister and I used to get together with the neighbour kids and create shows.

There would be numerous acts, we would sing, dance and even play instruments. We created tickets and offered refreshments for our parent audience members. Preparing the show involved inspiration, arguments, negotiation, patience, and occasional tears. For most adults, some of our fondest memories of childhood involve the times we spent playing with friends. In some sense, friendship is what childhood is all about. Friends are not only a source of fun; they also help children grow in meaningful ways, which will then make them become the adults they are now.

Friends are a very important part of life, at any age. They can affect our happiness, self-confidence and achievements. Friendships help develop independence and a sense of who we are as an individual – unique and separate to our family.

Here are some of the main things that friendship teaches us:

  • Helps develop Social Skills. There are many different definitions of social skills, but I think of them as the abilities necessary to get along with others. Social skills are about being able to flexibly adjust our behaviour to fit a particular situation and our personal needs and desires.
  • Teaches Sharing. Another key basis of friendship is mutual sharing between friends. Friendship usually gives us the first lesson in sharing. When we share our toys with a friend as a toddler, or our snacks in school, to office coffee time, even clothes before a party, everything seems better when shared with a friend! Sharing teaches us to be unselfish and generous.
  • Self- esteem. Friends help children begin to discover who they are outside their family. Friendships are based on common interests, so by choosing friends, children declare something about who they are: “My friends and I play basketball” or “We all like the Twilight Vampires!” When children have a friend who likes them, they will start to perceive themselves as capable while also feeling loved. Healthy self-esteem is like a child's armour against the challenges of the world. Kids who know their strengths and weaknesses and feel good about themselves have an easier time handling conflicts and resisting negative pressures.
  • Problem Solving and Coping Strategies. A friend is an ally. Having a friend means it’s easier to cope with disappointments. Some kids cope with stressful or difficult situations better than others, and studies have indicated that friendship is an important variable. For example, children who have at least one reciprocal friend are less likely to become depressed. Friendships give children lots of opportunities to work out disagreements. This gives kids a chance to practice skills of persuasion, negotiation, compromise, acceptance, and forgiveness. Having a close friend is linked to improvements in knowledge of effective problem-solving strategies.
  • Empathy. Probably the most important benefit of friendship is that it encourages children to move beyond self-interest. Caring about a friend, or just wanting to play with a friend can help children control selfish impulses and encourage caring responses. To maintain a friendship, children need to learn to recognize and respond positively to their friend’s feelings. Friendships are fun and painful, exciting and frustrating, challenging, enjoyable, and unpredictable - just like life! Whether children are putting on a show, negotiating where to play tag, or deciding which videogame to play together, they are developing the skills they will use throughout their lives.

With all of this said, I encourage you to get out and make friends or to make time for the friends you have for the benefit of your health and well-being.

HAPPY SUMMER HOLIDAYS!

Departamento Psicológico, Psicoterapéutico y Coaching
Rocío Fernández Cosme
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