¿Cómo dejar de tomar antidepresivos?
Resumen
Dejar un antidepresivo requiere planificación médica, reducción gradual y seguimiento. La decisión depende del diagnóstico, evolución y contexto vital. Suspenderlo bruscamente puede causar síntomas de retirada. Es clave diferenciar estos de una recaída y reforzar hábitos saludables y apoyo psicológico para mantener la estabilidad emocional durante el proceso.
Dejar un antidepresivo no es simplemente “dejar una pastilla”. Es un proceso complejo: médico, psicológico y vital que conviene hacer con planificación, información y acompañamiento. En consulta, esta es una de las preguntas que más recibo: “Doctor, ¿Cuánto tiempo lo tengo que tomar?” o “¿Cómo se hace para dejarlo sin que me siente mal?”. En este artículo quiero explicarte, de manera clara y cercana, qué debes saber antes de suspender un antidepresivo, cómo hacerlo de forma segura y qué señales vigilar durante el proceso.
Lo primero que debemos preguntarnos es si realmente es un buen momento para dejarlo. No todos los momentos vitales son adecuados para suspender un tratamiento. La decisión no depende solo del tiempo que llevas tomándolo, sino de varios factores:
- Cuál fue el diagnóstico inicial (depresión leve, moderada o grave, trastorno de ansiedad, TOC…).
- Si es tu primer episodio o ya ha habido recaídas.
- Cuánto tiempo llevas estable sin síntomas.
- Cómo está tu nivel de estrés actual (en plena sesión de exámenes, o invierno frío).
- Si tienes un acompañamiento psicológico.
Como orientación general, que siempre debe individualizarse, solemos recomendar mantener el tratamiento entre seis y doce meses después de la mejoría completa en un primer episodio depresivo. En casos de recaídas previas o cuadros más graves, el tiempo puede ser más largo. Suspender demasiado pronto aumenta el riesgo de recaída, y no hay que confundir que muchas veces la sensación de “ya estoy bien” aparece justo porque el tratamiento está funcionando.
Los antidepresivos no generan adicción en el sentido clásico, pero sí producen adaptación cerebral. El cerebro se ajusta a la presencia del medicamento. Por eso, en la mayoría de los casos, no deben retirarse de golpe. Cuando se suspenden bruscamente (porque no tienes más medicación o porque has decidido dejarlo) puede aparecer lo que se llama síndrome de discontinuación/retirada (enlace al artículo en el blog que trata de esto). No es peligroso en sí, pero puede ser muy incómodo.
Los síntomas más frecuentes incluyen mareos, náuseas, sensación de descargas eléctricas en la cabeza (“brain zaps”), irritabilidad, ansiedad, alteraciones del sueño o sensación de gripe leve. Algunos antidepresivos dan más síntomas que otros al retirarlos, especialmente aquellos con vida media más corta. Por eso el plan debe adaptarse al fármaco concreto y a la persona.

¿Cómo se hace?
La retirada se hace de forma progresiva y escalonada. No existe una única pauta válida para todos, pero el principio general es reducir la dosis de manera gradual y observar cómo responde el organismo. En muchos casos trabajamos con reducciones del 10–25% de la dosis cada dos a cuatro semanas. Si alguien toma 20 mg, puede bajar a 15 mg durante unas semanas, luego a 10 mg, después a 5 mg y finalmente suspender. Sí, a veces es cortar el comprimido en medias o cuartos para permitir estos pasos pequeños. En tratamientos prolongados, de varios años, a veces conviene hacer reducciones aún más lentas. Si aparecen síntomas, no significa que no puedas dejarlo; puede significar simplemente que necesitamos ir más despacio.
Una duda frecuente durante este proceso es diferenciar entre síndrome de retirada y recaída depresiva.
El síndrome de discontinuación: suele aparecer pocos días después de bajar la dosis y mejora rápidamente si se vuelve a subir. Además, incluye síntomas físicos llamativos como mareos o descargas eléctricas.
La recaída: suele ser más progresiva y se parece al episodio inicial. Tristeza persistente, pérdida de interés, apatía, sentimientos de culpa, dificultad para disfrutar.
Diferenciar ambos cuadros es crucial para no interpretar erróneamente una reacción fisiológica temporal como el retorno de la enfermedad.
Como sabemos, el tratamiento psicofarmacológico es una ayuda o un apoyo, como una muleta temporal. No actúa de forma aislada, sino que forma parte de un conjunto de medidas: como la psicoterapia, los hábitos de vida, el apoyo social y el autocuidado, que, combinadas, permiten obtener resultados positivos y duraderos a largo plazo. Suspender un antidepresivo no consiste únicamente en reducir miligramos. Es también una oportunidad para fortalecer los pilares que sostienen la estabilidad emocional y mental. Durante este periodo conviene reforzar los buenos hábitos: las rutinas de sueño, mantener horarios regulares, realizar ejercicio físico de manera constante, exponerse a luz natural y, si es posible, continuar o iniciar psicoterapia. El ejercicio, por ejemplo, tiene efectos antidepresivos bien documentados. No sustituye siempre a la medicación, pero puede ayudar significativamente en la prevención de recaídas. La retirada debe ir acompañada de un cuidado global de la salud mental.
Muchas personas sienten miedo o aprensión al dejar el tratamiento. Es totalmente normal. A veces el antidepresivo fue el “salvavidas” en un momento muy difícil cuando lo demás ya no era suficiente. La idea de soltarlo puede generar inseguridad, como si estuviéramos renunciando a una red de seguridad. Aquí es importante distinguir entre dependencia psicológica al alivio y necesidad clínica real de mantenimiento. No hay nada negativo en necesitar tratamiento a largo plazo si está indicado. Tampoco hay nada heroico en suspenderlo antes de tiempo.
Hay situaciones en las que recomendamos especial prudencia:
- Depresiones graves con ideación suicida previa.
- Trastorno depresivo recurrente.
- Trastorno bipolar.
- Ansiedad severa de larga evolución.
- Antecedentes familiares importantes.

En estos casos, la retirada debe planificarse con mayor precaución y, a veces, puede no ser recomendable suspender completamente el tratamiento.
Un dato curioso que suele sorprender es que el cerebro puede tardar más en adaptarse a la retirada que al inicio del antidepresivo. Muchas personas notan mejoría en pocas semanas cuando comienzan el tratamiento, pero la adaptación neurobiológica completa es más compleja. De forma similar, al reducir la dosis, especialmente en los últimos tramos (por ejemplo, pasar de 5 mg a 0 mg), el sistema nervioso puede reaccionar con más intensidad que en reducciones mayores al principio. Por eso las últimas bajadas suelen requerir especial paciencia.
¿Qué pasa si, durante el intento de retirada, observamos reaparición clara y sostenida de síntomas depresivos, pérdida funcional significativa, insomnio persistente o ansiedad intensa que interfiere en la vida diaria?
En esos casos no hablamos de fracaso, sino de información clínica importante. Puede que todavía no sea el momento adecuado. Algunas personas necesitan varios intentos antes de conseguir suspender completamente el tratamiento. Otras descubren que una dosis mínima de mantenimiento les proporciona estabilidad. Eso también es una opción válida.
Lo que nunca recomiendo es suspender por cuenta propia sin consultar, reducir de forma drástica porque “ya estoy bien”, compararse con experiencias ajenas o compensar la retirada con alcohol u otras sustancias.
¿Se puede vivir sin antidepresivos?
Sí, por supuesto, en muchos casos. Pero también es cierto que la depresión puede ser una enfermedad recurrente. Mantener tratamiento cuando está indicado no es una señal de debilidad, sino de prevención. Se puede comparar a cualquier otra enfermedad crónica: si una persona necesita medicación para controlar su tensión arterial, o insulina para la diabetes, no lo interpreta como un fracaso personal. Con la salud mental debería ser lo mismo. También es tranquilizador saber que un antidepresivo ha ayudado en el pasado y que se puede volver a recurrir a él si la persona tuviera que atravesar nuevamente un episodio depresivo.
Si estás pensando en dejar tu antidepresivo, mi recomendación es que lo hagas con tu médico, con un plan y con seguimiento. Como ves, hay mucha flexibilidad y posibilidades para hacerlo respetando tu integralidad psíquica y física. El objetivo no es que tomes medicación más tiempo del necesario, pero tampoco que la suspendas antes de estar preparado. La retirada bien hecha es un proceso gradual, respetuoso con tu cerebro y con tu historia personal. Es una decisión clínica que se toma con información, prudencia y acompañamiento.

Preguntas Frecuentes (FAQ)
1. ¿Cuándo es un buen momento para dejar un antidepresivo?
Depende del diagnóstico, estabilidad clínica y nivel de estrés. Generalmente se recomienda esperar entre 6 y 12 meses tras la mejoría completa.
2. ¿Se pueden dejar los antidepresivos de golpe?
No es recomendable. La retirada brusca puede provocar síntomas de discontinuación como mareos, ansiedad o insomnio.
3. ¿Cómo se deben reducir los antidepresivos?
De forma progresiva, reduciendo entre un 10% y 25% cada 2–4 semanas, adaptando el ritmo a cada persona.
4. ¿Cómo diferenciar retirada de recaída?
La retirada aparece rápido y con síntomas físicos; la recaída es progresiva y reproduce síntomas depresivos previos.
5. ¿Es necesario acompañamiento psicológico?
Sí, ayuda a prevenir recaídas y fortalece herramientas emocionales durante el proceso.
Sobre la autora
Dra Alma Moser es psiquiatra infantil en Sinews. Está especializada en trastornos depresivos y ansiosos, trabajando con niños, adolescentes y adultos. De igual manera trata otras problemáticas como TDAH, adicciones, autismo, trastorno obsesivo compulsivo etc. Ha trabajado con niños en consulta, hospitales de día y ingresos forzados.
Diferencias entre ansiedad y estrés. Guía práctica para el día a día
Resumen
El artículo explica las diferencias entre estrés y ansiedad, sus similitudes fisiológicas y cómo identificarlos. El estrés responde a demandas presentes, mientras que la ansiedad anticipa amenazas futuras. Se detallan cuándo se vuelven problemáticos y se ofrecen estrategias prácticas para manejarlos, promoviendo un equilibrio saludable y el bienestar emocional.
¿Lo que tengo es estrés o ansiedad? ¿Puede que tenga las dos? ¿Es importante conocer la diferencia? ¿Qué puedo hacer para manejar el estrés? ¿Y la ansiedad?
Son estas preguntas las que exploraremos en este artículo, con el objetivo de aumentar la conciencia sobre estas experiencias. Comprender y ser conscientes de cuando estás estresado/a o ansioso/a te permite gestionarlo de forma más eficaz.
Muchas veces, los términos de estrés y ansiedad se utilizan de manera intercambiable, porque son respuestas emocionales que comparten muchas características. Sin embargo, existen diferencias importantes que conviene conocer.
Definición de estrés y de ansiedad
Así que vamos a definir de una forma práctica y comprensible el estrés y la ansiedad.
El estrés puede definirse como la respuesta que tiene nuestro cuerpo y nuestra mente ante una situación que percibimos como un desafío o una amenaza (lo que llamaríamos “estresor”). Es decir, ante algo que percibimos como un desafío o amenaza, se producen cambios tanto a nivel fisiológico (por ejemplo, aumento del ritmo cardíaco) como a nivel psicológico (por ejemplo, estar más alerta) que nos preparan para afrontarlo. Pueden ser situaciones muy diversas – una entrega laboral, un examen, un conflicto interpersonal, una sobrecarga de tareas- pero la respuesta es parecida ante todas ellas.
El estrés, en niveles moderados, nos es útil porque nos permite permanecer alerta y actuar cuando es necesario. De hecho, Robert M. Yerkes y John Dillingham Dodson proponen que los niveles moderados de estrés (o “activación”) nos permiten alcanzar un rendimiento óptimo. Un estrés demasiado bajo reduce el rendimiento, mientras que un estrés excesivo también lo deteriora.
La ansiedad también se definiría como una respuesta de nuestro cuerpo y nuestra mente, pero que generalmente se produce ante la anticipación de una situación futura o hipotética que se percibe como amenazante. También se puede producir sin que la persona sea consciente de qué es exactamente lo que la ha originado (p.ej., qué pensamientos o anticipación concreta la ha generado).
En su libro “¿Por qué las cebras no tienen úlcera?” Robert M. Sapolsky se refiere a la ansiedad como ese “alboroto fisiológico sin causa aparente”, porque, aunque en la mente de la persona la amenaza está presente, desde fuera, no se observa nada.
A veces incluso ni siquiera tú mismo sabes por qué estás sintiendo ansiedad. Puedes percibirla como este “alboroto fisiológico sin causa aparente”. Eres consciente de que estás sintiendo eso, pero no estás pensando ni anticipando nada en concreto, ni lo puedes asociar con nada que esté ocurriendo.
Existen dos razones que explican este fenómeno. La primera es que no todo lo que percibimos llega a hacerse consciente. Nuestro sistema nervioso detecta señales sutiles o ambiguas como amenazantes y no siempre pasan al procesamiento consciente, así que puedes notar una activación en tu sistema nervioso sin saber por qué.
Por otro lado, a veces las personas comienzan a ser conscientes de la ansiedad cuando se encuentran en una situación tranquila o con pocos estímulos. Pongamos que, por ejemplo, Ana llega del trabajo a casa. Ha sido un día especialmente largo, con varias reuniones, una entrega importante y algunos pequeños asuntos que resolver. Cuando se tumba por fin en su sofá, comienza a notar que su corazón late muy rápido, pero no entiende por qué. En este caso, Ana se ha centrado en los latidos de su corazón por primera vez en el día al llegar a casa. En la tranquilidad de su casa, sin casi nada que reclame su atención, comienza a sentir una respuesta psicofisiológica que probablemente haya estado en marcha durante todo su ajetreado día.
La ansiedad es como una señal de alarma general que nos indica que puede haber algo que no esté yendo bien o que requiera nuestra atención. Puede ser una alarma relacionada con una situación futura para la cual es mejor prepararse, por una situación que nos ha afectado, pero nos ha pasado desapercibida (p. ej., una interacción con un colega de la oficina o con un familiar) o una señal de que nos encontramos en un estado de alerta y no nos habíamos dado cuenta.

Similitudes y diferencias clave
Lo que tienen en común es el tipo de respuesta que se desencadena a nivel fisiológico y psicológico. Tanto el estés como la ansiedad implican una activación del sistema nervioso simpático, que da lugar a la respuesta de “lucha-huida”: el corazón late más rápido, la sangre se dirige hacia los músculos de las extremidades para prepararnos para actuar con rapidez. La respiración se acelera para llevar más cantidad de oxígeno al torrente sanguíneo, de forma que los músculos tengan más energía. Estos y otros cambios permitían a nuestros ancestros huir del peligro o enfrentarse a él de forma eficaz. Ahora, aunque nuestras circunstancias de vida hayan cambiado, y los peligros que nos enfrentamos son menos inmediatos – nuestra vida ya no corre peligro por ser perseguidos por un depredador – hoy en día nuestro sistema nervioso sigue activando esta misma respuesta.
De hecho, cuando pensamos en escenarios imaginados amenazantes, nuestro sistema nervioso activa la misma respuesta de lucha-huida que cuando percibimos una amenaza en el presente, aunque generalmente de forma menos intensa. Por tanto, estemos viviendo algo estresante, como es el caso del estrés, o imaginándolo, la respuesta que tendremos es la misma o muy parecida.
La diferencia principal entre el estrés y la ansiedad tiene que ver con el tipo de desencadenante, o sea, el tipo de evento o situación que genera esa respuesta. El estrés suele estar relacionado con demandas o amenazas presentes y relativamente identificables. Pero la ansiedad suele estar vinculada a amenazas futuras, anticipadas o difusas.
Para entender esta diferencia resulta útil pensar en los animales. Los animales también se estresan, pero es más complicado que experimenten ansiedad, porque no tienen tan desarrollada la capacidad de realizar hipótesis sobre el futuro. Esta habilidad nos es tremendamente útil, pero también nos hace más vulnerables a sostener la respuesta de lucha-huida durante más tiempo, incluso cuando el peligro inmediato ha desaparecido, dando lugar a estados de preocupación o estrés crónico.

¿Cuándo se convierten en un problema?
El criterio básico para saber si el estrés o la ansiedad están siendo problemáticos es si están interfiriendo con tu vida, ya sea con tu vida laboral o académica como con tu vida personal, social o familiar. Por ejemplo, ¿Estás pudiendo desenvolverte en tu vida social de manera adecuada? ¿Te cuesta más que antes afrontar las demandas laborales o académicas?
También tenemos que considerar la frecuencia, la duración y la intensidad: ¿Te sientes desbordado/a con frecuencia? ¿Cuánto duran esos momentos de ansiedad o estrés? ¿Qué intensidad tienen tus síntomas de ansiedad o estrés? Si aparecen de forma constante, tardamos mucho en recuperar la calma o su intensidad nos dificulta continuar con tus actividades del día a día, pueden estar suponiendo un problema.
Por otro lado, es importante tener en cuenta la intensidad de la respuesta en relación con su contexto: ¿La respuesta es acorde a la situación o crees que puede ser desproporcionada? Si sientes un grado de ansiedad o estrés desproporcionado a la exigencia real de las situaciones que tienes que afrontar, se pueden estar convirtiendo en un problema.
Es importante distinguir entre el estrés y ansiedad adaptativos, que son más puntuales y pasajeras, y estrés crónico o la ansiedad desadaptativa, que son más persistentes y pueden requerir atención. La cuestión no es eliminar estas emociones, sino observar si nos movemos dentro de un rango saludable y podemos manejarlas, o si pasamos demasiado tiempo sintiéndonos desbordados por ellas.
Sabemos que el estrés crónico y la ansiedad sostenida pueden afectar tanto a nuestra salud física como psicológica. Es más, pueden incluso generar un círculo vicioso: si estamos ansiosos o estresados dormimos peor, digerimos peor lo que comemos y tomamos decisiones menos saludables (p.ej., fumar o no hacer deporte), lo que nos vuelve más vulnerables a sentirnos estresados y ansiosos. Por ello merece la pena mantener nuestros niveles de estrés y ansiedad en un margen saludable.

¿Y qué puedo hacer yo?
Puede que te preguntes: ¿Qué puedo hacer yo para gestionar estas respuestas emocionales? ¿Cómo puedo evitar el estrés crónico? ¿Y cómo puedo manejar mi ansiedad?
Todos tenemos formas distintas de afrontar el estrés y la ansiedad. Algunas estrategias son más útiles para algunas personas que para otras. Para saber si una estrategia te funciona es importante que la pruebes y que la ajustes a tus características y circunstancias. Aquí te dejamos algunas estrategias generales para manejar tanto el estrés como la ansiedad.
Algunas estrategias comunes para afrontar el estrés y la ansiedad
- Cuida de tu cuerpo para cuidar de tu mente: practica ejercicio físico regular (ejercicio suave incluido), procura tener un descanso adecuado, una alimentación equilibrada y evitar el consumo de sustancias.
- Identifica cuándo sientes ansiedad o estrés y cómo de intensa es esta emoción. Cuando no somos conscientes de cuánto de estresados o ansiosos estamos, podemos sobrepasarnos y no tomar las medidas adecuadas, como tomar un descanso, darnos tiempo, delegar, etc.
- Hazte consciente de aquello que está bajo tu control y lo que no: existe una frase famosa que reza “Dios mío, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor de cambiar las que pueda y la sabiduría para saber la diferencia”. Es importante hacer este ejercicio para dedicar energía solo a aquello que se puede modificar o solucionar. Para los problemas que no tienen remedio, es mejor pensar sobre ellos de otra manera, evitar pensar en ellos (o al menos intentarlo) o aceptarlos. No tener clara esta diferencia puede hacer que nos estresemos o frustremos más de la cuenta.
- Mantén una red de apoyo social. La conexión social es un factor que predice una mejor salud física y emocional a lo largo de la vida. Además, funciona como un factor de protección frente al estrés y ansiedad. Asegúrate de compartir tiempo con las personas que te importan y evita aislarte.
Estrategias específicas para el estrés
- Evalúa la carga real de tus demandas y tu nivel real de competencia respecto a estas: muchas veces, la respuesta de estrés se genera porque las demandas son demasiado exigentes para los recursos disponibles (ya sea tiempo, energía, competencias u otros). Ten en cuenta si tus habilidades, capacidades o circunstancias son las óptimas para hacer frente a una demanda. Y si la respuesta es que no, trata de evitar esta demanda o bajar las exigencias asociadas.
- Gestiona tus recursos: prioriza, organiza y delega. O, dicho de otra forma, “elige tus batallas”. Recuerda que no tienes que abarcarlo todo, ni en el trabajo, ni en casa, ni en tu vida familiar. Pide ayuda cuando sea necesario y practica el “decir no” cuando no tengas tiempo, energía o espacio para implicarte en diferentes cosas.
- Introduce pausas reales entre demandas siempre que sea posible: para evitar que tu sistema nervioso esté crónicamente activado, es importante que planifiques y te permitas periodos de descanso que te permitan volver a un estado de calma.
Estrategias específicas para la ansiedad
- Practica Mindfulness o Atención Plena: la atención plena te ayuda a observar tus pensamientos sin confundirlos con hechos, contrarrestando nuestra tendencia natural a reaccionar frente a nuestros pensamientos como si fueran hechos. Si es tu primera vez practicando atención plena, es recomendable que lo hagas con un instructor de Mindfulness que te pueda guiar y ajustar la práctica a tus necesidades y circunstancias.
- Identifica y trabaja tus patrones de pensamiento. Puesto que la ansiedad se dispara ante la anticipación y pensamientos, merece la pena identificar los pensamientos que sueles tener y, una vez identificados, examinarlos un poco más de cerca. Muchas veces caemos en "trampas del pensamiento", es decir, tenemos pensamientos que interpretan la realidad de forma catastrófica, demasiado radicales o rígidas. Para ayudarte a identificar estas distorsiones, practica preguntarte: “lo que pienso, ¿es realista?”, “¿qué datos demuestran que esto sea así?” y “¿cómo de probable es que esto que imagino ocurra realmente?”.
- Diferencia la preocupación improductiva de la resolución de problemas. Identifica y evita la “trampa de la preocupación”: las investigaciones demuestran que cuando las personas se preocupan de forma repetitiva, tienden a sentir que tienen más control sobre la situación que les estresa, aunque muchas veces no sea así. Pensar y reflexionar es importante para solucionar problemas, pero existen formas de pensar productivas e improductivas. Pensar compulsivamente en algo muchas veces no hace que se resuelva. De hecho, nos suele generar aún más estrés a largo plazo. Preocuparnos en exceso por las cosas es en parte un hábito, es decir, que podemos decidir no seguir alimentándolo ni dejarnos arrastrar por él, aunque no siempre es fácil. Para identificar si tu pensamiento está siendo productivo o estás cayendo en la trampa, pregúntate: “¿pensar en esto me es útil?”, “¿estoy pudiendo llegar a una solución?”
- Practica la disposición a sentir emociones incómodas. Muchas veces, cuando una persona entra en un bucle de preocupación, no solo obtiene una sensación ilusoria de control, sino que también está evitando ser consciente de la propia sensación de ansiedad. Cuando permitimos que la emoción esté, y no la alimentamos con pensamientos o no nos implicamos con los pensamientos que genera, la emoción puede seguir su curso natural, desvaneciéndose al cabo de un rato.
- Exponte a lo que te da miedo, pero no es peligroso. Si evitas constantemente ciertas situaciones, la ansiedad puede fortalecerse. Acercarte poco a poco a lo que temes (por ejemplo, hablar en público) puede ayudarte a comprobar que no es tan peligroso como parece y que eres capaz de manejarlo. En algunos casos, hacerlo con la guía de un profesional es importante, sobre todo si la respuesta emocional es muy intensa.

Hay muchas personas a las que les es difícil seguir estos consejos, no saben cómo hacerlos, o no les funcionan. Si sientes que el estrés o la ansiedad están afectando tu funcionamiento en el día a día o a tu bienestar general, un profesional de la salud mental te puede ayudar a manejar mejor tu estrés y ansiedad, ayudándote a entender qué estás experimentando y encontrar una solución ajustada para ti.
El estrés y la ansiedad son respuestas similares que pueden ser tanto útiles como perjudiciales, dependiendo de su intensidad y frecuencia. El estrés nos ayuda a afrontar demandas presentes y la ansiedad nos permite anticipar posibles amenazas futuras o señalarnos que algo no va bien. El objetivo no es eliminar estas emociones, sino aprender a reconocer cuándo te están ayudando y cuándo necesitas intervenir para que no interfieran con tu vida, tu salud y tu bienestar.
Preguntas Frecuentes (FAQ)
1. ¿Cuál es la diferencia entre estrés y ansiedad?
El estrés surge ante demandas presentes identificables, mientras que la ansiedad suele anticipar amenazas futuras o difusas.
2. ¿Puedo tener estrés y ansiedad al mismo tiempo?
Sí, ambas respuestas pueden coexistir y compartir síntomas físicos similares.
3. ¿Cuándo se vuelven problemáticos?
Cuando interfieren con la vida diaria, son intensos, frecuentes o desproporcionados.
4. ¿Cómo puedo manejar el estrés y la ansiedad?
Mediante autocuidado, organización, apoyo social, mindfulness y trabajo sobre pensamientos.
5. ¿Es necesario acudir a un profesional?
Sí, si afectan al funcionamiento diario o generan malestar persistente.
Sobre la autora
Sofía Salgado es psicóloga sanitaria en Sinews. Atiende a adolescentes y adultos y realiza evaluaciones psicopedagógicas. Trata problemáticas como la ansiedad, depresión, desregulación emocional y problemas de autoestima o de personalidad. Acompaña en procesos de adaptación, de duelo y de problemas en relaciones interpersonales, entre otros. Su orientación es humanista e integra herramientas y técnicas de otras corrientes según las necesidades de cada paciente, gracias a su formación en terapia cognitivo-conductual y terapias de tercera generación.
Mitos sexuales que dañan tu salud mental (y tal vez no lo sabías)
Resumen
Los mitos sexuales influyen en la autoestima, la ansiedad y la calidad de las relaciones. Creencias como que el deseo debe ser constante, que el orgasmo es obligatorio o que el amor garantiza buen sexo pueden generar culpa y frustración. La educación sexual, la comunicación abierta y el apoyo profesional son claves para una vivencia sexual más saludable.
Hablar de sexo en la familia, con amigos, o simplemente en público sigue siendo incómodo, cuando no tabú, en muchas ocasiones, y cuando sí se habla de ello, suele estar lleno de mitos, historias creadas y falsas creencias que afectan cómo nos vivimos en la intimidad. Pero lo que muchas personas no tienen en cuenta es el gran impacto psicológico que esos mitos pueden tener, y que se refleja con mucha frecuencia en terapia: ansiedad, culpa, baja autoestima… ¿Te suena?
En este artículo vamos a intentar desmentir algunos de esos mitos que nos encontramos en el discurso popular, entender de dónde vienen y, sobre todo, ver cómo pueden dañar nuestro bienestar emocional y sexual. Porque lo más importante para tener una vida sexual sana y plena es informarse bien.
Mito 1: “Los hombres tienen un deseo insaciable e incondicional de sexo”
Esta creencia es una de las clásicas dentro de la ideología popular. La idea de que el deseo masculino es constante e inagotable, así como la imagen de “macho” que se espera y se aplaude en los hombres (siempre ligado, por supuesto a lo sexual) no solo es falsa, sino que pone una presión brutal sobre los hombres.
¿Qué pasa entonces si un hombre no tiene ganas de sexo? En terapia a menudo me encuentro con chicos de más o menos edad que dicen sentirse “menos hombres” o tener miedo a ser juzgados, por mujeres en caso de relaciones heterosexuales, pero sobre todo por otros hombres.
¿Cómo afecta, por tanto, este miedo a no tener un deseo insaciable?
En primer lugar, aparece la ansiedad por rendimiento. Muchos de los hombres que dicen tener problemas relacionados con el sexo en consulta están muy centrados en “durar” o en “querer” lo suficiente, pero para contentar al otro, no para sentirse bien con ellos mismos. De igual manera, estos hombres van a tener dificultad para expresar emociones que “impidan” o dificulten tener sexo o vulnerabilidad durante las relaciones sexuales, puesto que esto destruye esa imagen de “macho”. Y, por último, pero desde luego no menos importante, la gran parte de los casos de problemas con la erección que encuentro en la consulta son debidos al estrés, bien sea por los dos factores ya mencionados o a no atender al estado emocional del momento en el que se va a tener la relación sexual (y, si estamos agotados o agotadas después de un largo día, nos encontramos mal o estamos de mal humor, no apetece, ¿verdad?).
La realidad es que el nivel deseo varía en todas las personas. Y los hombres también pueden tener momentos en los cuales su deseo sexual fluctúe sin que eso sea una señal de “falta de virilidad” (y tampoco de falta de sentimientos de atracción hacia su compañero o compañera sexual, que es un miedo también muy común).

Mito 2: “Las mujeres no tienen tanto deseo sexual como los hombres”
Este mito es doblemente tóxico: por un lado, repite patrones ya conocidos y mantenidos durante siglos de represión sexual femenina: limita y puede llegar a castigar el deseo femenino; por otro lado, lo hace invisible, lo oculta aún más en un plano secreto o tabú. Además, limita el acceso de un alto porcentaje de mujeres a la educación sexual o a la exploración del propio deseo, puesto que muchas mujeres han aprendido (a raíz de oírlo) que “no está bien” desear, tomar la iniciativa o hablar de placer.
Esta idea puede generar un gran impacto en diversos sentidos: en primer lugar, nos encontramos en terapia con mujeres con culpa o vergüenza por sentir deseo sexual o incluso por querer explorar ese deseo (puede ser solas, pero esto crece mucho más si se hace con varias parejas sexuales distintas a lo largo del tiempo). También podemos escuchar relatos de mujeres que se “contienen” durante el sexo, que no muestran placer o no comunican sus deseos a sus parejas por miedo a ser “demasiado”, lo cual acaba generando una mala relación con el sexo y puede incluso derivar en problemas de pareja.
Las mujeres, al igual que los hombres, tienen deseo sexual. Este deseo sexual puede ser mayor o menor, y depender de diversos factores (emocional, circunstancial…al igual que en hombres, vaya). Lo que cambia en muchas ocasiones, y puede reforzar este mito, son las formas de expresión de dicho, que además están influenciadas por el entorno cultural.
Mito 3: “Las emociones no afectan al sexo”
Esta idea está tan extendida y se ha visto tan reforzada en películas y libros, que muchos pacientes en la consulta pasan por alto su estado emocional al tener relaciones con otras personas. La falta de reconocimiento de las emociones puede llevar a un gran número de pacientes a creer que hay un problema de base fisiológica o psicológica, cuando la realidad es que simplemente no se está escogiendo bien el momento.
Es bastante lógico pensar que, si estamos cansados, estresados, tristes o enfadados, no podamos conectar de igual manera con personas, planes o actividades (aunque normalmente nos gusten). En el sexo, esto ocurre de igual manera: si no podemos generar excitación (porque ya hay otra emoción que ocupa ese lugar) y conectar con la pareja sexual, la calidad de la relación puede bajar hasta volverse imposible.
Al igual que en otras facetas de la vida, las emociones son inherentes al ser humano, por lo que no podemos posponerlas, ni siquiera para el sexo. La realidad es que, cuanta más disponibilidad emocional haya, cuanto más podamos conectar con la excitación, el placer y la confianza con la otra persona, mejores serán nuestras relaciones sexuales.

Mito 4: “El sexo debe ser espontáneo y perfecto”
¿Te imaginas una vida en la que todas las relaciones sexuales fueran como en el material adulto o en las películas? Seguramente sería una experiencia intensa, cansada, irreal…y frustrante. La creencia de que las relaciones sexuales deben surgir de manera “natural” y “perfecta” (¿qué hay más natural que la interacción humana? ¿Qué es perfecto en el sexo si cada uno somos diferentes?) nos desconecta de nuestras necesidades y gustos. La clave para disfrutar de buenas relaciones se basa en el conocimiento propio y del otro, en la comunicación y en el consentimiento. Contra la creencia que muchas personas traen a consulta: hablar durante las relaciones sexuales es necesario. Comunicar necesidades, gustos, preferencias, pedir permiso y mucho más solo mejoran la conexión de las dos personas, alineándose para un mayor disfrute (no, no corta el rollo).
Si nos comunicamos de manera abierta durante el sexo, podemos evitar tener expectativas irreales sobre lo que debemos hacer y lo que no, dejar de lado el miedo a poder fracasar o que la otra persona no lo pase bien, y normalizamos expresar lo que sentimos. Con estos tres sencillos pasos para construir el sexo, no hay error posible.
Mito 5: “Si hay amor, el sexo será siempre bueno”
Aunque el amor y el sexo placentero y satisfactorio pueden ir de la mano (y normalmente los pacientes expresan conectar sexualmente mejor con personas con las que tienen algún vínculo sentimental), no son dos condiciones correlativas. La existencia de un buen vínculo emocional no nos hace superhumanos, no nos da el poder de saber lo que hay en la cabeza del otro, ni mucho menos nos garantiza que vayamos a disfrutar siempre del sexo. La realidad es que hay muchas variables más allá del vínculo emocional que pueden afectar a la satisfacción con las relaciones sexuales.
Si damos lugar a la idea de que solamente por querer a la otra persona, el sexo será si o sí satisfactorio, podemos llegar a sentir culpa por no estar satisfechos o contentos (si yo quiero a mi pareja, ¿porqué no soy capaz de disfrutar nuestras relaciones?), podemos evitar hablar con la otra persona de lo que nos sucede o lo que necesitamos y esto puede generar problemas de pareja. De hecho, si el sexo siempre es placentero en pareja cuando hay amor, ¿porqué muchos de los pacientes repiten que el amor y el compromiso están, pero la pata de lo sexual cojea con frecuencia?
Al igual que con el anterior mito, la realidad se impone: el sexo no se obtiene de la nada, sino que se trabaja, incluyendo el vínculo emocional para una mayor conexión con la otra persona, pero sin dejar de lado las necesidades de cada individuo, incluso en las relaciones más amorosas.

Mito 6: “El orgasmo es el objetivo del sexo”
Cuando el sexo se convierte en una “carrera al orgasmo”, perdemos de vista todo lo que hay en el camino, pudiendo obviar señales de incomodidad o llegando a no disfrutar del proceso. Esta idea de que el sexo debe culminar sí o sí en el orgasmo para ser satisfactorio trae consigo diversas dificultades, como generar ansiedad si el orgasmo (y ya no solamente el propio, si no el de la otra persona) no llega, así como un impacto muy importante en la autoestima y la percepción de uno mismo y de las capacidades (sexuales, físicas y emocionales) si no se alcanza el pico de placer. Además, puede llegar hasta la ya conocida en terapia profecía autocumplida: nuestros pacientes tienen tanto miedo y tanta presión por lograr un orgasmo, que nunca llega (recordemos que las emociones afectan al sexo).
¿Cómo sentirnos mejor en las relaciones sexuales? ¿Cómo tener sexo placentero? La realidad es que el objetivo del sexo no pasa por alcanzar o no el orgasmo. El placer de las sensaciones físicas, de la conexión con la otra persona, de la intimidad compartida y de la presencia del otro definen una relación satisfactoria. Hay muchas más cosas anteriores o complementarias al orgasmo: besos, caricias, juegos, confesiones, alabanzas…el orgasmo puede formar parte de ello, pero no es el punto final.
Recapitulando, ¿cómo afectan todas estas creencias a nuestro bienestar psicológico?
Los mitos sexuales no son sólo cuentos, sino que forman parte del imaginario social colectivo e impactan en la manera que tenemos de pensar, de sentir, de actuar e incluso de relacionarnos con los demás. Algunos de los síntomas más frecuentes que vemos en terapia son:
- Sentimientos de culpa o vergüenza por lo que deseamos o no deseamos.
- Autoestima afectada por no encajar con el molde de la perfección sexual.
- Miedo al error, al fracaso, ansiedad por no cumplir con lo que “está bien” y miedo al rechazo.
- Muchos problemas en las relaciones de pareja por falta de comunicación (genera frustración, sensación de aislamiento, de no sentirse entendido…).
Desaprender estas creencias para adoptar ideas más compasivas y adaptativas lleva tiempo, pero es posible. Aquí van algunas claves para comenzar:
- Educación sexual real: lee, infórmate, escucha a profesionales. Explora qué te gusta en el sexo. Habla de ello con otras personas, hazte preguntas a ti mismo o misma. Cuanto más conocimiento tengas sobre tu cuerpo, mejor te sentirás expresando necesidades. Cuanta más información y mayor neutralidad tengamos hacia el sexo, más difícil será para esas creencias generar un impacto negativo.
- Habla sin tabúes: con tu pareja, con amistades, en terapia. Hablar de sexo con naturalidad es un acto de salud mental y emocional. Desmitificar el sexo pasa por normalizarlo. Normalizar el sexo pasa por hablar de ello de manera abierta, libre de prejuicios y libre de vergüenza.
- Consulta con profesionales: si sientes que tus relaciones sexuales se están viendo afectadas, no dudes en acudir a un profesional. Compartir dudas o inseguridades en un entorno seguro ayuda a eliminar el sentimiento de soledad y puede ofrecer perspectivas nuevas y amables para una mejor vida sexual.
- Cuestiona lo que ves: recuerda que muchas de las imágenes que consumimos en nuestro día a día (en redes, en material adulto, en literatura y cine, incluso en conversaciones con otras personas) no marcan la realidad. Antes de acatar alguna creencia como cierta, toma un espacio de reflexión para preguntarte si tú lo sientes así, si a ti esta idea te convence, cuáles son las creencias que vienen unidas a la principal (si el sexo siempre es bueno en pareja, ¿significa un sexo poco satisfactorio falta de amor) y, en caso de necesitarlo, acude a un profesional psicológico/sexológico.

Es importante no vivir la sexualidad desde la culpa o la exigencia. Cada persona tiene unas vivencias y necesidades distintas y los mitos solo son una mochila invisible que cargamos y nos acaba pesando. Abrir la mente a otras realidades es el primer paso para vivir el sexo con más libertad, placer y salud mental. Hay muchas maneras de vivir un buen sexo, pero alimentando creencias irreales, encontraremos una misma salida: el malestar.
Preguntas Frecuentes (FAQ)
1. ¿Es normal que el deseo sexual fluctúe?
Sí. El deseo varía según factores emocionales, físicos y contextuales. No es constante ni define la valía personal.
2. ¿Las emociones influyen en el rendimiento sexual?
Sí. El estrés, la tristeza o el cansancio pueden afectar la excitación y la conexión con la pareja.
3. ¿El orgasmo es necesario para que el sexo sea satisfactorio?
No. El placer, la intimidad y la conexión también forman parte de una experiencia sexual satisfactoria.
4. ¿El amor garantiza una vida sexual plena?
No necesariamente. La satisfacción sexual requiere comunicación, autoconocimiento y atención a las necesidades individuales.
5. ¿Cuándo debería consultar con un profesional?
Cuando aparecen ansiedad, culpa, conflictos de pareja o malestar persistente relacionado con la sexualidad.
Sobre la autora
Clara Gallego es psicóloga general sanitaria en Sinews MTI. Está especializada en terapia de pareja, trauma y apego. De igual manera, atiende otras dificultades tales como ansiedad, duelo, problemas relacionados con la sexualidad, conflictos familiares y dificultades en las relaciones interpersonales. Su orientación es integradora, adaptando la intervención a cada paciente, pero con clara prevalencia sistémica (el individuo como parte de un sistema). En esta intervención también incorpora sus conocimientos de mindfulness y compasión.
¿Qué hacer tras un diagnóstico de autismo infantil? Preguntas a resolver en familia
En la última década, los diagnósticos de Trastorno del Espectro del Autismo (TEA) se han triplicado en todo el mundo. Aproximadamente 1 de cada 127 personas está dentro del espectro. Cada vez sabemos más sobre cómo el autismo se manifiesta de forma distinta en las niñas, lo que ha provocado un aumento más rápido de diagnósticos en población femenina. Además, aunque la edad media de diagnóstico ronda los 5 años, cada vez son más personas las que reciben el diagnóstico en la adolescencia o incluso en la adultez.
Que tu hijo reciba un diagnóstico de autismo puede despertar una mezcla de emociones: alivio por obtener por fin algunas respuestas, miedo ante lo que pueda deparar el futuro y confusión sobre lo que realmente implica esta etiqueta. Como madre o padre, es posible que te preguntes: ¿Este diagnóstico refleja realmente quién es mi hijo? ¿Nos ayudará a comprender mejor sus fortalezas y a ofrecerle el apoyo que necesita?
¿Qué es el autismo?
El autismo es un Trastorno del Neurodesarrollo. Es decir, implica diferencias en cómo el cerebro de una persona procesa información desde que nace a lo largo de su vida. Estas diferencias pueden afectar cómo una persona se comunica, relaciona socialmente y entiende el entorno que le rodea. En algunos niños, puede suponer dificultades con el lenguaje expresivo. En otros, puede manifestarse cierta hipersensibilidad sensorial o la necesidad de adherirse a rutinas muy específicas, resistiéndose a los cambios inesperados.
Como explicaba recientemente mi compañera Ana Pilar Collado, hablar de autismo como un espectro refleja que se presenta de formas muy diversas. La palabra espectro es clave porque no hay dos personas autistas iguales. Este enfoque más amplio ha permitido que muchas personas —especialmente niñas y adultos— que antes no recibían diagnósticos, ahora sí puedan acceder al reconocimiento y apoyo que les brinda la etiqueta de TEA.
Aun así, puede que te preguntes: ¿cómo un solo diagnóstico puede abarcar necesidades tan distintas?

¿Qué nivel de apoyo necesita mi hijo?
Con el objetivo de hacer justicia a la gran variedad de maneras en las que se manifiesta el autismo, el manual diagnóstico DSM-5 incluye tres niveles dentro del diagnóstico de TEA según la cantidad de apoyo en el día a día que requiera la persona:
- Nivel 1 – Requiere apoyo: Personas autistas con autonomía y lenguaje fluido, pero que presentan dificultades en la comunicación social o en la flexibilidad del pensamiento. Suelen necesitar apoyo para gestionar relaciones sociales, cambios o entornos con mucha estimulación sensorial.
- Nivel 2 – Requiere apoyo notable: Presentan dificultades más evidentes en la comunicación y el comportamiento. Necesitan apoyos más estructurados en su día a día.
- Nivel 3 – Requiere apoyo muy significativo: Necesitan ayuda constante para comunicarse, realizar actividades básicas y garantizar su seguridad. En muchos casos, el autismo se combina con discapacidad intelectual o retrasos importantes en el desarrollo.
¿Qué pasa con el coeficiente intelectual, la discapacidad intelectual y el Síndrome de Asperger?
Una de las preguntas más comunes de las familias es: ¿Tener un diagnóstico de autismo significa que mi hijo tiene una discapacidad intelectual? La respuesta es: no necesariamente. Autismo y capacidad intelectual están relacionados, pero no son lo mismo. Algunas personas autistas sí tienen discapacidad intelectual (dificultades importantes en el aprendizaje y el razonamiento), pero muchas no. Aproximadamente:
- el 40 % de las personas autistas tiene un coeficiente intelectual (CI) por debajo del promedio (menos de 85),
- otro 40 % tiene un CI superior al promedio (más de 115),
- y el 20 % se sitúa en la media.
También puede que hayas oído hablar del Síndrome de Asperger, sobre todo si has hablado con adultos que recibieron ese diagnóstico en su infancia o adolescencia. El Asperger fue reconocido como diagnóstico en 1994 en la versión anterior del manual dignóstico de trastornos mentales, el “DSM-IV”, pero en 2013 fue eliminado cuando se publicó su nueva versión, el “DSM-5”. Se utilizaba para describir a personas dentro del espectro con buen lenguaje y habilidades cognitivas, pero con dificultades sociales, sensoriales o de comportamiento.
Con el tiempo, el Asperger se asoció en la cultura popular con tener un “alto CI” o ser “superdotado”. Aunque muchas personas autistas tienen un CI medio o alto, esta idea llevó a un malentendido frecuente: que si alguien es intelectualmente capaz, no necesita apoyo.
En realidad, la capacidad intelectual no determina por sí sola el tipo o cantidad de ayuda necesaria. Una persona puede destacar en lo académico y, al mismo tiempo, tener grandes dificultades en tareas cotidianas, relaciones sociales, gestión de la ansiedad o entornos sobreestimulantes. Por eso el DSM-5 eliminó subtipos como Asperger y los sustituyó por un diagnóstico en espectro con niveles de apoyo, más ajustado a la realidad y pensado para que cada persona—sea cual sea su perfil—pueda acceder al apoyo que necesita.
Como hemos visto, los rasgos del autismo, la capacidad intelectual y las necesidades de apoyo se solapan en la realidad. Por ello, es probable que el diagnóstico de tu hijo haya incluido, además de pruebas específicas de autismo, alguna evaluación cognitiva o de CI. También es habitual que se usen entrevistas estructuradas y cuestionarios haciendo preguntas más generales sobre la salud mental y las habilidades académicas y cotidianas de tu hijo, que ayudan a los profesionales a entender sus puntos fuertes y retos en diferentes contextos. Este enfoque integral permite mirar más allá de la etiqueta y construir una visión completa y personalizada de tu hijo. Así, las decisiones sobre apoyos, intervenciones o adaptaciones escolares se basan en quién es él o ella, no en los resultados de un solo test.

¿Cuáles son el propósito y las ventajas del diagnóstico?
Si el proceso diagnóstico se centra en comprender las necesidades y fortalezas únicas de cada niño, es lógico preguntarse: ¿para qué sirve entonces una etiqueta general como Trastorno del Espectro Autista? Es una pregunta muy importante. El objetivo del diagnóstico no es encasillar, sino abrir puertas: a servicios, apoyos, y comprensión por parte de tu comunidad. Recibir diagnóstico formal de autismo es útil por varias razones:
- Acceso a recursos y apoyos: Muchas terapias, adaptaciones o ayudas académicas requieren un diagnóstico oficial. Sin él, muchas familias se ven bloqueadas a la hora de conseguir acceso a los apoyos que su hijo necesita.
- Guía para las intervenciones: El diagnóstico orienta a profesionales y cuidadores hacia un conjunto de conocimientos, herramientas y estrategias diseñadas específicamente para apoyar a personas autistas.
- Lenguaje compartido: Ponerle nombre a lo que está ocurriendo facilita la comunicación entre familias, profesorado, profesionales de la salud y el propio niño.
- Reconocimiento y validación: Para muchas familias, recibir un diagnóstico trae alivio: valida lo que han estado observando durante años y cambia el enfoque de “hay algo que va mal” a “mi hijo percibe y responde al mundo de forma diferente, y ahora sabemos por qué”.
- Pertenencia e identidad: Con el tiempo, muchas personas autistas (y sus familias) encuentran en el diagnóstico no solo una vía de apoyo, sino también una parte de su identidad. Para los niños, especialmente al crecer, entender el autismo les puede ayudar a comprender sus diferencias de manera liberadora, no limitante.
¿Qué pasos seguir tras el diagnóstico?
- Date tiempo para procesarlo: Es normal sentir muchas emociones distintas: alivio, tristeza, confusión, esperanza… o todo a la vez. Date espacio para asimilar el diagnóstico y lo que significa para tu hijo y tu familia. Recuerda: el diagnóstico no cambia quién es tu hijo. Lo que ha cambiado es tu comprensión de cómo percibe y vive el mundo.
- Haz preguntas: No dudes en volver a contactar con el profesional que hizo el diagnóstico y pedirle aclaraciones. Puedes preguntar, por ejemplo:
- ¿Qué significa este diagnóstico en el caso concreto de mi hijo?
- ¿Cuáles son sus puntos fuertes y sus dificultades actuales?
- ¿Qué apoyos o intervenciones se recomiendan ahora?
- Explora las opciones de apoyo y servicios a tu alcance: Tras el diagnóstico, es habitual realizar una o varias sesiones de orientación con el profesional que lo ha emitido. Sirven para resolver dudas, compartir emociones y empezar a planificar el camino a seguir. El apoyo no es solo para el niño, sino también para la familia.
Este artículo del blog también explica cuándo puede ser útil la intervención psicológica, según el perfil y las necesidades concretas del niño. Ten en cuenta que no existe un plan único o estandarizado de apoyo: se trata de construir un plan personalizado que se vaya adaptando con el tiempo a cada niño. - Coordínate con el colegio: El diagnóstico de autismo suele facilitar el acceso a recursos dentro del sistema educativo, y permite activar apoyos especializados como el profesorado de Pedagogía Terapéutica, según las necesidades de tu hijo. Para iniciar este proceso, puedes solicitar una reunión con el tutor o tutora y con el orientador o la orientadora del centro, que es la persona encargada de coordinar la atención a la diversidad y realizar la evaluación psicopedagógica si es necesario. Ellos pueden asesorarte sobre las medidas disponibles y ayudar a elaborar un plan individualizado que se revise y actualice según evolucione tu hijo. Tu psicólogo o psicóloga puede colaborar con el centro educativo facilitando informes o recomendaciones que ayuden a adaptar el entorno escolar de forma más eficaz.
- Aprende sobre el autismo (pero con calma): Puede que quieras leerlo y entenderlo todo de golpe, pero el autismo es un tema amplio y en constante evolución. Confīa en los profesionales y otras familias con experiencia para que puedan recomendarte libros, recursos online o grupos de familias. Ir aprendiendo poco a poco te ayudará a sentirte más segura/o y menos desbordada/o.
- Conecta con otras familias: Hablar con otros padres que han pasado por experiencias similares puede ser muy reconfortante y útil. Muchas familias encuentran apoyo emocional e ideas prácticas en estas conexiones.
- Mira a tu hijo, no solo al diagnóstico: Lo más importante es entender que el diagnóstico no define a tu hijo. Solo ayuda a entender mejor algunas de sus conductas, gustos o necesidades. Sigue viéndole como la persona que es: con sus intereses, su sentido del humor, su creatividad y su manera única de ser. Los planes de apoyo se construirán alrededor de la persona, no del diagnóstico.

Sobre la autora
Iciar es psicóloga en SINEWS MTI y estudiante de doctorado. Está especializada en evaluación neuropsicológica, diagnóstico e intervención en condiciones del neurodesarrollo como el autismo y el TDAH. Su investigación doctoral se centra en la regulación emocional y su impacto en el afrontamiento social y la calidad de vida en jóvenes neurodiversos. Iciar trabaja con personas de todas las edades y orígenes, abordando una amplia gama de preocupaciones de salud mental, incluyendo la ansiedad y los desafíos conductuales. Su enfoque es integrador y basado en las fortalezas, con énfasis en una atención personalizada que respeta la neurodiversidad y promueve el bienestar. Basándose en su formación internacional y experiencia clínica, combina investigación y práctica para apoyar a las familias en la comprensión y acompañamiento del desarrollo único de sus hijos.
Cómo Impacta el Estrés sobre la Salud Física
El estrés es una respuesta natural que tiene lugar en nuestro cuerpo ante situaciones que suponen una amenaza o un desafío. Sin embargo, cuando el estrés se intensifica, puede tener efectos devastadores en nuestra salud física. El objetivo de este artículo es explorar los efectos del estrés en nuestro cuerpo y las posibles consecuencias a largo plazo. Además, incluiré alguna recomendación sobre cómo podemos gestionarlo.
¿Qué es el estrés?
Según la RAE, el estrés es la “tensión provocada por situaciones agobiantes y que origina reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”. El estrés es un factor que puede afectar a cualquier persona sin importar edad, complexión, género, etc. Cuando se presenta de manera prolongada o excesiva, puede afectar negativamente tanto a la salud mental como la física. Desde la psicología, el estrés no solo se experimenta a nivel emocional, sino que también influye en el funcionamiento del cuerpo de diversas maneras. Sin embargo, es interesante que distingamos los tipos de estrés que podemos presentar:
Estrés Agudo
Es el más común y tiene lugar como respuesta inmediata a un evento o situación estresante. Suele ser de corta duración y puede desencadenarse por situaciones puntuales como acudir a un examen, una entrevista de trabajo o una presentación importante ante un público. Se caracteriza porque suele presentarse en forma de síntomas como palpitaciones, sudoración, aumento de la tensión muscular y emociones de gran intensidad como la ansiedad o el enfado. El estrés agudo puede ser de gran utilidad, ya que activa el cuerpo y la mente, pero si es se mantiene demasiado intenso, puede causar fatiga y problemas emocionales a mayor plazo.
Estrés Agudo Episódico
Tiene lugar cuando una persona experimenta episodios de estrés agudo de forma frecuente en su vida diaria. Las personas que viven con este tipo de estrés suelen enfrentarse a desafíos constantes o repetitivos en su rutina. Las personas que lo presentan pueden estar siempre “al límite”, presentando emociones como irritabilidad, ansiedad o cambios de humor bruscos y de manera frecuente. El impacto de este tipo de estrés puede derivar en problemas de salud como la hipertensión, migrañas crónicas, trastornos digestivos o dificultades para dormir.

Estrés Crónico
Este tipo de estrés aparece durante largos periodos de tiempo y suele estar asociado con situaciones que la persona percibe como incontrolables, sin solución aparente o fuera de su control. Los síntomas pueden llegar a ser agotamiento emocional, estado depresivo, desmotivación y problemas de salud de carácter más crónico. El estrés crónico es el que más daño puede ocasionar en nosotros, ya que tiene efectos prolongados en nuestro cuerpo y mente, aumentando el riesgo de enfermedades cardíacas, depresión, ansiedad, etc.
Estrés Traumático o Postraumático
Ocurre como respuesta a eventos traumáticos que ponen en peligro la vida o la integridad física y emocional de una persona, como presenciar accidentes graves, desastres naturales o experiencias de violencia física o psicológica. Este tipo de estrés se asocia al Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Puede incluir síntomas de ansiedad severa, recuerdos intrusivos del evento, pesadillas o terrores nocturnos, hipervigilancia, flashbacks con reacciones físicas intensas al recordar el evento.
El mecanismo del estrés y su impacto en el cuerpo
Cuando nos enfrentamos a una situación que puede generar en nosotros gran cantidad de estrés, nuestro cerebro se activa y el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HHA), libera hormonas que tienen un papel importante en este momento como son el cortisol y la adrenalina. ¿Por qué son útiles estas sustancias? Al segregarlas nuestro cerebro, estas nos preparan para producir una respuesta de “lucha o huida” originando en nuestro cuerpo reacciones como aumento de la frecuencia cardiaca, la tensión arterial, sudoración, etc. Este mecanismo nos ayuda en momentos de peligro o alarma para nosotros, si se mantiene activado de manera constante puede provocar en nosotros daños en la salud.
El estrés, también, afecta a nuestra corteza prefrontal, esta región del cerebro se encarga de la toma de decisiones y de la regulación emocional. Por ello, en situaciones que se de estrés crónico, esta área puede volverse menos efectiva, contribuyendo a una mayor dificultad para manejar nuestras emociones y resolver problemas de manera satisfactoria para nosotros.

¿Cómo nos afecta el estrés en nuestros cuerpos?
Nuestro cuerpo está formado por doce sistemas que ayudan a la coordinación e integración funcional de este. El estrés puede provocar un impacto en estos sistemas y originar daños que afecten a nuestra salud física.
- Sistema cardiovascular: en particular, el estrés crónico puede llegar a provocar hipertensión arterial, arritmias y un mayor riesgo de padecer enfermedades cardíacas. Si nos exponemos de forma prolongada al cortisol esto contribuye a la inflamación y al endurecimiento de nuestras arterias. Además, el estrés también puede aumentar la producción de colesterol, provocando un incremento del riesgo de aterosclerosis o enfermedades coronarias.
- Sistema inmunológico: experimentar un nivel alto y sostenido de estrés puede llevarnos a un debilitamiento del sistema inmunológico, aumentando la posibilidad de contraer infecciones, retrasando la cicatrización de heridas o agravando enfermedades autoinmunes.
- Sistema digestivo: El estrés puede causar numerosos problemas digestivos como el síndrome de intestino irritable, gastritis y reflujo gastroesofágico. Además, afecta a nuestra microbiota intestinal, lo que repercute en el equilibrio del organismo. En algunos casos, incluso puede derivar en trastornos alimenticios como la anorexia o el trastorno por atracón, que no solo afecta a nivel físico sino, también, a nivel mental.
- Sistema endocrino y metabolismo: La liberación excesiva de cortisol puede alterar nuestros niveles de glucosa en sangre, favoreciendo el desarrollo de diabetes. Asimismo, puede contribuir al aumento de peso. Además, el estrés produce una interferencia con respecto a la regulación del apetito, promoviendo conductas alimentarias poco saludables en nuestra dieta.
- Sistema musculoesquelético: El estrés provoca que nuestros músculos se tensen con mayor frecuencia, provocándonos dolores de cabeza, contracturas y malestar generalizado. A largo plazo, esto puede derivar en problemas como fibromialgia o trastornos musculares crónicos. La tensión muscular prolongada también puede contribuir a problemas posturales y afectar a nuestra movilidad.
- Salud mental y emocional: Aunque el enfoque principal es el impacto físico, no podemos ignorar que el estrés también está relacionado con conceptos psicológicos como la ansiedad y la depresión. La exposición constante a altos niveles de estrés puede alterar la producción de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, fundamentales para nuestro bienestar emocional.

El papel de la psicología en el manejo del estrés
Desde la psicología, se han desarrollado numerosas estrategias para afrontar el estrés de manera saludable con la ayuda de psicólogos que nos ayuden a ponerlas en práctica. Algunas de las más efectivas incluyen:
- Técnicas de relajación: Meditación, respiración diafragmática o mindfulness pueden ayudarnos a reducir la activación de nuestro sistema nervioso simpático y promueven el estado de calma. Numerosos estudios demuestran que la práctica regular de estas técnicas puede disminuir la producción de cortisol y mejorar la función inmunológica en las personas.
- Ejercicio físico: La actividad física realizada de manera constante y regular contribuye a disminuir los niveles de cortisol y liberar endorfinas, mejorando nuestro estado de ánimo y la resistencia al estrés. Además, el ejercicio nos ayuda también en la regulación del sueño, algo fundamental para la funcionalidad de nuestro organismo.
- Apoyo social: Mantener relaciones sociales saludables y contar con una red de apoyo puede ayudar a sobrellevar las dificultades que podemos encontrarnos relacionadas con el estrés y reducir su percepción. Las interacciones sociales satisfactorias estimulan la liberación de oxitocina, una hormona que contribuye a la relajación y el bienestar.
- Reestructuración cognitiva: Identificar y modificar patrones de pensamiento negativos puede cambiar nuestra manera de enfrentar situaciones estresantes. Esta técnica es muy utilizada en terapia, mediante la ayuda de un psicólogo, para ayudar a las personas a desarrollar una perspectiva más adaptativa y menos catastrofista frente a situaciones de estrés.
- Terapia psicológica: La terapia cognitivo-conductual (TCC) o la terapia de aceptación y compromiso (ACT) han demostrado su eficacia para mejorar la gestión del estrés y reducir su impacto en la salud de los pacientes que han decidido iniciar su proceso terapéutico con ellas.
- Regulación del sueño: Dormir bien es fundamental para nuestra recuperación a nivel físico y mental. Establecer una rutina de sueño adecuada y reducir la exposición a pantallas antes de dormir puede mejorar la calidad de nuestro sueño y reducir el impacto del estrés.

El estrés, como comentábamos en el inicio de este artículo, es una respuesta que tenemos de forma natural y necesaria para nuestra supervivencia, pero que se dé de marera prolongada en el tiempo puede llevarnos a generar graves problemas de salud física y mental. Desde una perspectiva psicológica, si comprendemos los efectos del estrés y aplicamos las estrategias adecuadas para poder manejarlo, podremos llegar a mejorar significativamente nuestra calidad de vida y prevenir enfermedades o situaciones que nos generan un intenso grado de malestar. El equilibrio entre mente y cuerpo es esencial para nuestro bienestar integral, y aprendiendo a gestionar el estrés puede ser clave para llevar una vida saludable. Para lograrlo, es primordial para las personas combinen estrategias psicológicas con hábitos de vida saludables que fomenten el bienestar general de nuestro cuerpo.
Sobre la autora
Lidia Fernández
¿Cómo puede ayudarme la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)? Desenredando el laberinto de pensamientos
Imagina despertar cada mañana abrumado por una nube de temor sobre el día que tienes por delante. Estás atrapado en un círculo vicioso de pensamientos negativos, cada uno alimentando al siguiente, construyendo una formidable barrera entre tú y la paz mental. Ya sea el estrés del trabajo, la ansiedad por las incertidumbres futuras, o una tristeza persistente que empaña tu disfrute de la vida, encontrar un camino hacia el bienestar psicológico podría parecerse a navegar por un laberinto sin un mapa.
Entonces, ¿qué puedes hacer? ¿Cómo puedes romper este ciclo cuando sabes que tus acciones pueden ser perjudiciales, pero no estás seguro de las alternativas? Aquí es donde la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) puede marcar una diferencia significativa.
¿Qué es la Terapia Cognitivo-Conductual?
La TCC es una forma sólida de tratamiento psicológico que ha demostrado ser efectiva para una variedad de problemas, incluyendo depresión, trastornos de ansiedad, abuso de alcohol y drogas, problemas matrimoniales, trastornos alimentarios, y condiciones psicológicas graves. Una investigación extensa demuestra que la TCC mejora significativamente el funcionamiento y la calidad de vida. Opera bajo el principio fundamental de que nuestros pensamientos, sentimientos y comportamientos están interconectados, y que alterar los patrones de pensamiento negativo puede afectar cambios tanto en los sentimientos como en los comportamientos, y que cambiar los comportamientos puede alterar nuestros sentimientos y patrones de pensamiento negativo.
Cómo funciona la Terapia Cognitivo-Conductual
Mucha gente asocia la terapia con estar tumbado en un sofá, hablando de la madre y el pasado traumático, recibiendo solo asentimientos o «mhms» del terapeuta. Sin embargo, encontrarse con una sesión de TCC puede ser toda una revelación, ya que difiere significativamente de estas nociones tradicionales de la psicoterapia. Las sesiones de TCC son interactivas, prácticas y estructuradas. Se centran en problemas específicos y ofrecen herramientas y técnicas directas para manejar y superar estos problemas. En la TCC, el proceso terapéutico normalmente se divide en tres fases clave:
- Evaluación: esta fase inicial implica un examen detallado de los problemas del cliente. El terapeuta y el cliente trabajan juntos para identificar áreas problemáticas específicas. Esto podría incluir la comprensión de las situaciones, pensamientos y comportamientos que conducen a dificultades en la vida del cliente.
- Análisis: en esta fase, se profundiza en la comprensión de por qué existen estos problemas. El terapeuta ayuda al cliente a descubrir patrones de pensamiento o comportamiento que contribuyen a su malestar. Esto implica analizar cómo ciertos pensamientos o comportamientos son perjudiciales, y explorar sus orígenes e impactos.
- Intervención: esta es la fase de acción, donde se aplican estrategias y técnicas para modificar los pensamientos y comportamientos problemáticos. Las intervenciones son ejercicios prácticos y tareas que el cliente realiza, tanto dentro como fuera de las sesiones de terapia. Estos podrían incluir terapia de exposición, registros de pensamientos o experimentos conductuales.

Por ejemplo, Ginny ha buscado terapia porque tiene dificultades para participar en situaciones sociales. Su trabajo involucra muchos eventos sociales importantes, y ha notado que su incapacidad para participar está afectando sus relaciones con sus colegas. Odia absolutamente esto y no sabe cómo dejar de tener tanto miedo. Intentó ir una vez. Pagó por adelantado y se preparó para salir, pero dar el paso para salir de su apartamento resultó demasiado difícil, así que decidió que Netflix y una copa de vino serían una mejor manera de pasar la noche, aunque se sintió terrible por no haber podido ir.
- Evaluación: la terapeuta y Ginny discuten todo lo que ha estado sintiendo, pensando y haciendo cuando se enfrenta a situaciones sociales para explorar posibles explicaciones de por qué es tan difícil dar el salto. Exploran tanto el pasado como el presente para entenderlo.
- Análisis: cuando la terapeuta de TCC comprende lo que está sucediendo, porque Ginny comenzó a tener dificultades y porque sigue teniendo dificultades hoy en día, esta información se comparte y discute entre ellas. Esto es crucial porque entender la situación facilita determinar qué se necesita cambiar. No quieren adivinar cómo intervenir; quieren saberlo.
- Intervención: ahora es el momento de hacer algunos cambios. Ginny se da cuenta de que anticipa muchos escenarios negativos que podrían ocurrir si va a la fiesta: "¿Qué pasa si digo algo raro?", "¿Qué pasa si mi ropa es demasiado formal o informal?", "¿Qué pasa si nadie me habla, o si se aburren cuando lo hacen?". Su terapeuta la ayuda a desafiar estos pensamientos y evitar que dicten su comportamiento. Luego, juntas, crean un plan para exponer a Ginny a lo que más teme, equipándola con todas las herramientas necesarias para manejar la situación de manera efectiva.
El proceso de la TCC es altamente colaborativo. Tanto la terapeuta como el cliente tienen roles activos en las sesiones de terapia y en el trabajo realizado entre sesiones. Este esfuerzo colaborativo ayuda a empoderar al cliente, convirtiéndolo en un agente activo en su proceso de cambio, también proporcionándole las herramientas para gestionar los problemas en el futuro sin necesidad de un terapeuta.
Avanzando más allá del pasado
Aunque nuestro pasado es crucial ya que moldea quiénes somos hoy, aferrarse a él puede obstaculizar nuestro progreso. La TCC ayuda a los clientes a centrarse en el presente y en el futuro, aprendiendo del pasado pero sin quedar anclados en él. Discutimos el pasado para entender nuestro aprendizaje y experiencias, pero cambiamos el enfoque hacia acciones actuales y estrategias orientadas al futuro.
Beneficios de la Terapia Cognitivo Conductual
Uno de los beneficios clave de la TCC es que es a corto plazo y orientada a objetivos, generalmente dura desde unas pocas semanas hasta varios meses. ¡No queremos sufrir más tiempo del necesario! Esto no significa que los beneficios sean efímeros; más bien, los cambios están diseñados para ser duraderos. La TCC proporciona a los clientes herramientas y técnicas que no solo son para sobrellevar el momento, sino que son habilidades que los clientes llevan consigo de por vida. Este enfoque asegura que las personas no tengan que depender de una terapia continua, sino que puedan gestionarse de manera independiente, reduciendo la probabilidad de recaídas futuras. Los beneficios de la TCC incluyen:
- Basado en Evidencia: la efectividad de la TCC está respaldada por una investigación sustancial, lo que la convierte en una forma de terapia confiable para diversos problemas psicológicos.
- Desarrollo de Habilidades: los clientes adquieren habilidades valiosas para la vida que les permiten afrontar eficazmente una variedad de desafíos en la vida. Estas habilidades, aprendidas en el entorno terapéutico, pueden generalizarse para abordar problemas similares que puedan surgir en el futuro.
- Sostenibilidad: aunque la terapia en sí es a menudo a corto plazo, las herramientas y estrategias aprendidas son duraderas, ayudando a garantizar que las mejoras se mantengan a largo plazo.

Aceptar las Emociones Negativas
Aunque la TCC habla mucho sobre el cambio, es esencial reconocer que sentirse mal a veces es necesario. Las emociones negativas son una parte normal de la vida; nos enseñan resiliencia y dan contexto a nuestra felicidad. ¿Cómo reconoceríamos la alegría si nunca experimentáramos dificultades? ¿Cómo manejaríamos el peligro sin el miedo? Por lo tanto, no todos los problemas requieren terapia; muchos desafíos se pueden manejar por nuestra cuenta, aunque nos sintamos mal en el momento. Sin embargo, cuando estos problemas persisten y comienzan a impactar significativamente en nuestra vida diaria, buscar terapia puede ser el paso adecuado a tomar, y es en ese momento cuando la TCC podría ayudarnos.
Evolución de los Diagnósticos Relacionados con la Transexualidad
AVISO: Este artículo contiene lenguaje obsoleto y patologizante de realidades que en ningún caso son consideradas trastornos por las asociaciones de psicología o psiquiatría de referencia a nivel nacional o internacional. El lenguaje utilizado en este artículo refleja la evolución que las instituciones académicas y sanitarias han tenido a lo largo de la historia y se incluye aquí para reflejar cómo el acercamiento de las instituciones a las reivindicaciones sociales influye la categorización de las realidades estudiadas.
Este artículo es una continuación del que recientemente publiqué sobre la evolución histórica de los diagnósticos que la Asociación Americana de Psiquiatría atribuyó a lo largo de los años a las personas con una orientación sexual no normativa. Es decir, con una orientación sexual distinta a la heterosexualidad.
El anterior artículo no tendría tanto sentido si no publicase también este justo después, pues la idea de escribir ambos es la de poder ver cómo la evolución de los diagnósticos asignados a personas con orientaciones sexuales no normativas es sorprendentemente parecida a la de los diagnósticos asignados a personas trans.
Evolución de los Diagnósticos Relacionados con la Transexualidad en los Manuales DSM de la Asociación Americana de Psiquiatría
Como en el anterior artículo, a continuación haré un repaso de los diferentes diagnósticos que la Asociación Americana de Psiquiatría ha adjudicado a las personas trans a lo largo de las diferentes ediciones del DSM.
DSM-I (1952)
En la primera edición del DSM no se menciona explícitamente la transexualidad.
DSM-II (1968)
El DSM-II propone una categoría para Trastornos Sexuales, si bien es limitada y mayormente enfocada a la homosexualidad y otros «desórdenes de desviación sexual». La transexualidad no está separada de otras realidades, sino que distintas formas de inconformidad con los roles de género se englobaron, de forma general, como Desviación Sexual.
DSM-III (1980)
El DSM-III representó un cambio significativo al introducir por primera vez el término «Trastorno de Identidad de Género» (GID, por sus siglas en inglés), definido como una incongruencia persistente entre el sexo biológico y la identidad de género experimentada o expresada por la persona. Este fue un primer intento de reconocer formalmente la transexualidad dentro de un marco clínico.
El diagnóstico de GID se clasificaba bajo un nuevo capítulo denominado «Trastornos Psicosexuales«, que incluía además otros trastornos relacionados con la sexualidad. Sin embargo, esta clasificación fue criticada por patologizar la identidad de género no congruente con el sexo asignado al nacer.
DSM-III-R (1987)
En la versión revisada del DSM-III (DSM-III-R), se mantuvo el diagnóstico de Trastorno de Identidad de Género, pero se realizaron algunas modificaciones en los criterios diagnósticos. La transexualidad seguía siendo vista como un trastorno mental.
DSM-IV (1994)
En el DSM-IV, se mantiene el Trastorno de Identidad de Género, pero se añaden distinciones para evaluaciones en niños, adolescentes y adultos. Esta categoría causó controversia debido a la implicación de que las variantes de género en la infancia fueran vistas como patológicas.
DSM-IV-TR (2000)
El DSM-IV fue revisado en 2000. Se mantuvo el diagnóstico de “Trastorno de Identidad de Género” con algunas modificaciones, manteniendo las categorías y criterios establecidos en la versión anterior. El manual seguía bajo la crítica de la comunidad trans y de activistas por seguir incluyendo a las realidades trans dentro de etiquetas patologizantes.
DSM-5 (2013)
La publicación del DSM-5 marcó un cambio importante en la forma en que la Asociación Americana de Psiquiatría aborda la transexualidad. El término «Trastorno de Identidad de Género» fue reemplazado por «Disforia de Género«. Este cambio se expone como un esfuerzo por reducir la estigmatización asociada con el diagnóstico, al enfatizar que no es la identidad de género en sí misma la que es problemática, sino el malestar significativo que puede experimentar una persona trans en el contexto actual.
Además, el DSM-5 introdujo criterios diagnósticos más detallados, diferenciando la disforia de género en niños de la experimentada en adolescentes y adultos. También se reconoció explícitamente que no todas las personas con incongruencia de género experimentan disforia significativa, con el fin de aclarar que la transexualidad ya no se ve inherentemente como un trastorno mental.
DSM-V-TR (2022)
El DSM-5-TR (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, Texto Revisado) supone una revisión del DSM-V, añadiendo pequeños cambios a la edición de 2013, incluyendo algunos cambios clave en relación con la disforia de género para reflejar mayor precisión y conocimiento de la realidad social de la que se habla:
- El término "género deseado" ha sido reemplazado por "género experimentado", lo que subraya que la identidad de género es una experiencia interna y no solo un deseo de cambio.
- La frase "procedimiento médico de cruce de sexo" ha sido actualizada a "procedimiento médico de afirmación de género", reflejando un enfoque más respetuoso y afirmativo hacia las intervenciones médicas relacionadas con la identidad de género.
- Se ha modificado el lenguaje referente al sexo asignado al nacer. Los términos "varón natal" y "mujer natal" ahora se describen como "persona asignada como varón al nacer" o "persona asignada como mujer al nacer", lo cual refuerza la distinción entre sexo asignado y género experimentado.

Perspectivas futuras
La evolución del diagnóstico relacionado con la transexualidad en los manuales del DSM refleja un proceso continuo de revisión y actualización conforme avanza la comprensión sobre la diversidad de género. Se espera que futuras revisiones sigan despatologizando las identidades trans y se enfoquen más en ofrecer un marco de apoyo para aquellas personas que experimentan disforia de género, más que en clasificarlas dentro de un contexto patológico.
La categoría actual de “Disforia de Género” no está libre de controversia pues recibe críticas similares a las que la categoría de “Homosexualidad Egodistónica” recibió en su época. También hay argumentos, de un corte más práctico, a favor de la misma por la exigencia de aseguradoras y servicios de salud de la presencia de un diagnóstico que justifique intervenciones de reafirmación de género en personas trans. Sin embargo, hay quien argumenta que ya existen condiciones naturales, como el embarazo, que requieren de intervenciones médicas sin necesidad de un diagnóstico patologizante, por lo que la misma lógica podría aplicarse a las intervenciones orientadas a mejorar la calidad de vida de las personas trans.
Sobre el autor
Jorge Jiménez Castillo es psicólogo en SINEWS, donde ejerce en inglés y español. Trabaja a diario con población local e internacional y tiene un largo historial estudiando la realidad del colectivo LGTBIQ+ dentro y fuera de la clínica. Trabaja desde un enfoque cognitivo-conductual con intervenciones basadas en la evidencia y considera que para dar una atención psicológica de calidad hay que conocer las desigualdades que atraviesan a los usuarios y explorar cómo interseccionan entre ellas.
El camino hacia una comunicación clara: Mejora tu acento
La comunicación es la expresión de un mensaje a través del habla, la escritura o la gesticulación. Cuando un mensaje no se expresa con claridad, puede malinterpretarse o simplemente no entenderse. Una comunicación clara requiere que el receptor del mensaje entienda exactamente lo que pretende transmitir el emisor. Es esencial para hacerse entender, establecer relaciones y comunicarse eficazmente.
Para muchos hispanohablantes, tener una comunicación clara cuando hablan inglés puede ser un paso importante a la hora de conseguir sus objetivos, ya sea en su carrera profesional, en su vida social o simplemente para no tener que repetirse y que le entiendan. El objetivo del entrenamiento del acento es ayudarle a sentirse seguros y a comunicarse de la forma más eficaz posible, sin la necesidad de sonar como un hablante nativo ni borrar su individualidad.
En esta guía detallada se explica qué es el entrenamiento acentual, cómo funciona y cómo el entrenamiento personalizado puede ayudar a mejorar la claridad, la confianza y el éxito de la comunicación tanto en entornos profesionales como sociales.
¿Qué es el entrenamiento del acento?
El entrenamiento del acento es una formación personalizada que ayuda a las personas que desean resolver problemas específicos de comunicación. Se centra en la pronunciación, la entonación adecuada, el ritmo, el tiempo y el énfasis en la pronunciación de determinadas silabas según el contexto. Ayuda a los hablantes a identificar qué rasgos habituales toman del español y utilizan al hablar inglés. El objetivo del entrenamiento del acento no es sonar como un hablante nativo, sino ayudar a las personas a comunicarse con claridad y confianza. El entrenamiento del acento es flexible y personalizado para satisfacer las necesidades particulares de cada individuo.

¿Qué son los acentos?
«Los acentos están formados por sustituciones: los sonidos, ritmos y entonaciones de la lengua materna o región de una persona que ésta utiliza cuando habla inglés. Si estas sustituciones no son lo que el oyente espera oír en inglés, oye un acento» (The accent channel). Los acentos son una parte normal de cualquier lengua y reflejan la diversidad cultural de los hablantes. Ningún acento es mejor que otro; todos son formas válidas de expresión.
Los acentos solo se vuelven relevantes si empiezan a interferir en la comunicación de alguien en el trabajo o en entornos sociales, pueden causar confusión o impedir que alguien alcance sus objetivos. Algunas personas también pueden sentir que existen ideas preconcebidas sobre su acento, lo que puede dar lugar a prejuicios y estereotipos. La decisión de cambiar la forma de hablar depende de cada persona. Es posible que quieran mejorar su comunicación y evitar errores verbales que en muchas ocasiones pueden hacer sentir algo de vergüenza al hablante.
Tras el entrenamiento del acento, la mayoría de ellos se vuelven difíciles de asociar a un lugar concreto; empezando a sonar muy neutros e inidentificables. Los hablantes se hacen entender con facilidad, lo que aumenta su confianza y les permite comunicarse con claridad y la mayor eficacia posible.
Beneficios del entrenamiento del acento:
- Ayuda a mejorar la comunicación y la pronunciación.
- Ayuda a las personas a alcanzar sus objetivos profesionales, sociales y vitales.
- Aumenta la confianza y la autoestima.
- Reduce los prejuicios lingüísticos y la discriminación.
- Mejora la satisfacción del cliente.
- Mejora la capacidad de escucha.
- Amplía las oportunidades profesionales.
- Fomenta una mejor integración social.
- Aumenta la sensibilidad cultural y la capacidad de conectar con entornos diversos.
- Mejora la credibilidad en entornos profesionales.
- Reduce los niveles de estrés asociados a hablar con acento extranjero.
- Mejora el rendimiento académico de los estudiantes al facilitar su participación en debates y presentaciones.
- Fortalece las relaciones personales al reducir los malentendidos y fomentar interacciones más claras.
- Capacita a las personas al darles una sensación de control sobre su comunicación y autopresentación.

¿Por qué elegir formación personalizada en lugar de apps y vídeos?
La formación personalizada sobre acento ofrece muchas ventajas sobre las aplicaciones y los vídeos. Ofrece una retroalimentación (feedback) inmediato y permite corregir errores al instante. También ayuda al individuo a reconocer sus retos personales a la hora de comunicarse, puesto que no todos los hispanohablantes tienen que trabajar los mismos objetivos durante el entrenamiento del acento. A diferencia de las aplicaciones y los vídeos, el entrenamiento personalizado se adapta a las necesidades de cada individuo. Trabajar con un logopeda también garantiza la responsabilidad y la constancia en la práctica, lo cual es importante para progresar. El feedback inmediato de un logopeda es mucho más efectivo y conduce a mejores resultados.
El proceso de entrenamiento del acento
El proceso de entrenamiento del acento comienza con una evaluación del habla para identificar las sustituciones sonoras, los ritmos, los patrones de acentuación y las entonaciones que se utilizan actualmente y que habría que sustituir por los del acento deseado (inglés americano general, por ejemplo). Una vez identificadas las sustituciones, pueden fijarse los objetivos adecuados. Es importante señalar que pueden surgir nuevos objetivos tras la evaluación inicial, ya que el logopeda evalúa constantemente a su cliente mientras trabajan juntos. Cada sesión se centra en un único objetivo y consiste en una serie de tareas que se practican varias veces. Durante estas tareas, se proporciona feedback inmediato para ayudar al cliente a identificar cualquier sustitución y realizar las correcciones necesarias. Además de estas prácticas en sesión se asignan tareas para realizar en casa; es fundamental que el cliente practique de forma constante fuera de las sesiones para realizar progresos notables. La repetición es importante para realizar ajustes en el acento y la práctica frecuente es necesaria para una mejora permanente. El objetivo del entrenamiento del acento es que el cliente interiorice los patrones de habla correctos y los produzca con fluidez de forma que sus oyentes los entiendan fácilmente.
¿Cuánto tiempo se tarda?
Cada objetivo tarda aproximadamente una sesión en enseñarse. Se recomienda realizar una sesión a la semana, y normalmente se necesitan entre 10 y 12 sesiones para trabajar cada objetivo (dependiendo del número de objetivos de cada alumno). Es importante que el alumno practique en casa al menos 15 minutos al día para conseguir progresos notables. Una vez finalizado el programa, el cliente tendrá la opción de realizar sesiones de mantenimiento si desea seguir practicando con un logopeda.

¿En qué trabajaremos?
Para comunicarse con claridad y confianza, nos centraremos en varias áreas clave adaptadas a las necesidades de cada cliente. Abordaremos los sonidos de alto valor específicos del inglés que no son comunes en español y pueden provocar dificultades de pronunciación o entendimiento. También trabajaremos el ritmo y la acentuación; los rasgos del inglés varían en la longitud de las sílabas, algunas son acentuadas y más largas, mientras que las sílabas del español suelen tener el mismo tiempo. Además, nos centraremos en el vocabulario, predominantemente en palabras comunes utilizadas en la vida cotidiana que a menudo se pronuncian mal. Utilizaremos ejercicios y prácticas específicas para mejorar la pronunciación, el ritmo y el vocabulario, lo que mejorará las habilidades comunicativas en general.
Tomar medidas para superar los problemas de comunicación es un paso importante hacia el desarrollo personal y profesional. El entrenamiento del acento es una poderosa herramienta que puede ayudarle a lograr una comunicación clara y eficaz. Puede aumentar su confianza y mejorar sus interacciones en todos los ámbitos de la vida. Trabajar con un logopeda le proporciona orientación y apoyo personalizados, y le garantiza que alcanzará sus objetivos de forma más eficaz que con herramientas de autoaprendizaje.
Sobre la autora
Soy Jarrisvette Villarreal, originaria del sur de Texas. Llevo varios años viviendo en España, donde he trabajado como profesora de inglés y he dado clases a jóvenes hispanohablantes. A través de mi experiencia, me he familiarizado con los errores comunes de pronunciación y errores típicos que los hispanohablantes cometen cuando hablan inglés. Además de la enseñanza, tengo experiencia como Asistente de Logopeda, donde he trabajado con niños en la articulación a través de la terapia del habla. También he realizado un curso especializado en el entrenamiento del acento a través de «The accent channel», que me ha equipado con las habilidades para proporcionar entrenamiento personalizado del acento. He trabajado diligentemente para conseguir un acento inglés neutro; entiendo los retos y las nociones preconcebidas sobre tener acento. Me entusiasma enseñar pronunciación y ayudar a los demás a alcanzar sus objetivos comunicativos.
Cómo preparar a nuestros hijos/as para los altibajos de la vida
¿Qué no haríamos para proteger a nuestros hijos, nuestros tesoros más preciados? Como padres, nuestro instinto es protegerlos del daño y de las experiencias negativas, temiendo que las situaciones difíciles puedan causarles dolor o un trauma duradero. Nos mueve el amor y un profundo deseo de ver a nuestros hijos felices y prosperando. Sin embargo, en nuestros esfuerzos por protegerlos, podríamos estar evitando sin querer que desarrollen la resiliencia necesaria para enfrentar los inevitables desafíos de la vida.
La importancia de enfrentar desafíos
La resiliencia es la capacidad de recuperarse de la adversidad y afrontar las dificultades. Es una habilidad crucial que ayuda a los niños a manejar las complejidades de la vida. Protegerlos de cada desafío puede dejarlos desprevenidos para las dificultades futuras. Sin enfrentar la adversidad, pueden tener dificultades para manejar los contratiempos cuando surjan, lo que podría llevar a una falta de confianza y habilidades para resolver problemas.
Entender y aceptar las emociones
Una de las lecciones más valiosas que podemos enseñar a los niños es que las emociones, tanto positivas como negativas, son una parte natural de la vida. Todos experimentan enojo, frustración o tristeza en algún momento, y eso está bien. Las emociones son respuestas naturales a las situaciones y no son algo que podamos controlar directamente, pero sí podemos controlar cómo las expresamos y respondemos a ellas.
Es esencial que los niños comprendan que sentirse tristes, frustrados o enojados es perfectamente normal. Estas emociones no deben ser temidas o evitadas; más bien, son señales que merecen atención. Por ejemplo, el miedo puede alertarnos de un peligro, como encontrarnos con un animal salvaje (no queremos meditar cuando se acerca un león), lo que nos impulsa a tomar medidas de protección. El enojo, cuando se maneja adecuadamente, puede ayudarnos a defendernos y abogar por un mundo justo (no queremos que se aprovechen de nosotros). Al enseñar a los niños a aceptar sus emociones, en lugar de suprimirlas o ignorarlas, les ayudamos a desarrollar una comprensión de sus respuestas emocionales, una piedra angular de la resiliencia.
Enseñar una expresión emocional saludable
Si bien es crucial entender las emociones, es igualmente importante que los niños aprendan a expresarlas de manera saludable y constructiva. No siempre podemos huir de lo que nos asusta, ni podemos desahogarnos cuando estamos enojados. Está bien sentir emociones, pero cómo las expresamos es lo que importa. Los niños deben aprender formas efectivas de manejar sus emociones para que no creen nuevos problemas, lo que podría intensificar sus sentimientos negativos.

¿Cómo puedo, como padre, enseñar a mi hijo a lidiar con las emociones negativas sin causarles trauma?
Primero, recuerda que tu hijo es un observador atento. Una de las formas más poderosas en que aprenden es observando tu comportamiento. Si modelas una expresión emocional saludable, es probable que tu hijo la emule. Por el contrario, si respondes al enojo golpeando o rompiendo cosas, será difícil para el niño entender que estos comportamientos son inaceptables.
Una pauta útil es centrarte en enseñar a tu hijo qué hacer, en lugar de qué no hacer. En lugar de decir “No pegues” o “No grites”, guíalos hacia comportamientos alternativos. Por ejemplo, podrías decir: “Veo que estás enojado por lo que pasó. Es comprensible, no es divertido cuando las cosas no salen como quieres. Cuando estés enojado, usa tus palabras para decirme qué te molesta, y podemos ver cómo mejorar las cosas”. Este enfoque es más fácil de decir que de hacer, especialmente cuando los padres están cortos de tiempo y energía. Muchos de nosotros no fuimos enseñados a manejar nuestras propias emociones, por lo que puede ser necesario aprender a hacerlo antes de poder enseñar efectivamente a nuestros hijos. Recuerda, al igual que en un avión, necesitas ponerte tu propia mascarilla de oxígeno antes de ayudar a los demás.
Aquí hay algunas estrategias para ayudar a los niños a manejar y expresar sus emociones de manera efectiva:
- Modela una expresión emocional saludable: Los niños aprenden observando a los adultos a su alrededor. Demuestra formas saludables de expresar emociones, como discutir calmadamente lo que te molesta en lugar de gritar. Esto muestra a los niños que las emociones se pueden manejar sin recurrir a comportamientos negativos.
- Fomenta la comunicación abierta: Crea un ambiente en el que tu hijo se sienta seguro para hablar sobre sus sentimientos. Anímalo a expresar lo que siente y por qué, sin temor a ser juzgado. Escuchar activamente y con empatía sus preocupaciones les ayuda a procesar sus emociones y fortalece su capacidad para comunicarse de manera efectiva.
- Enseña habilidades de resolución de problemas: Cuando los niños enfrentan desafíos, guíalos para que piensen en posibles soluciones en lugar de intervenir para resolver el problema por ellos. Anímales a considerar diferentes enfoques y evaluar los posibles resultados. Esto fortalece su confianza y les capacita para enfrentar los desafíos de manera independiente.
- Establece límites saludables: Aunque todas las emociones son válidas, hay formas apropiadas de expresarlas. Establece límites claros sobre los comportamientos aceptables y ayuda a los niños a encontrar salidas constructivas para sus emociones, como hablar o participar en actividades físicas.

Preparando a los niños para un futuro resiliente
Desarrollar la resiliencia en los niños no significa exponerlos a dificultades innecesarias; más bien, significa equiparlos con las herramientas que necesitan para manejar los desafíos que inevitablemente enfrentarán. Al enseñarles a entender, manejar y expresar sus emociones, los preparamos para las realidades de la vida y les ayudamos a construir la resiliencia necesaria para prosperar.
Los niños resilientes están mejor preparados para enfrentar la adversidad, recuperarse de los contratiempos y seguir adelante. Comprenden que las emociones son una parte natural de la vida y que los desafíos, aunque difíciles, se pueden manejar. Con estas habilidades, estarán preparados para manejar críticas en el trabajo o navegar conflictos en sus relaciones personales, enfrentando con confianza lo que la vida les depare.
La importancia de la conexión, el ritmo y la entonación en el entrenamiento del acento
Resumen
El artículo explica por qué la conexión, el ritmo y la entonación son elementos clave en el entrenamiento del acento en inglés. Analiza las diferencias entre inglés y español y cómo un trabajo específico con un profesional mejora la claridad, la fluidez y la naturalidad en la comunicación oral.
El entrenamiento del acento es una forma especializada de instrucción lingüística diseñada para ayudar a las personas a modificar o mejorar su acento en una segunda lengua. Va más allá de trabajar la pronunciación y perfeccionar los sonidos de cada palabra; también incluye la forma en que conectamos las palabras, el ritmo y la entonación que utilizamos al hablar. Muchos hablantes, al hablar inglés, transmiten sin saberlo los patrones de su lengua materna, lo que a veces puede cambiar el significado de lo que se dice y afectar a la claridad. El entrenamiento personalizado del acento puede señalar los aspectos específicos del habla que una persona necesita para asegurarse de que está transmitiendo un mensaje claro. Esta guía explora cómo la conexión, el ritmo y la entonación son esenciales para el entrenamiento del acento y cómo pueden ayudar a cualquier persona que quiera sonar más natural y segura cuando habla inglés.
¿Quién puede beneficiarse de un entrenamiento del acento?
- Los hablantes no nativos que deseen mejorar su claridad y confianza al hablar un segundo idioma, sobre todo en entornos profesionales, académicos o sociales.
- Profesionales que necesitan comunicarse claramente con hablantes nativos en el trabajo; por ejemplo, en negocios internacionales o en atención al cliente.
- Actores o intérpretes que necesitan adoptar un acento específico para un papel.
- Cualquier persona que considere que su acento puede ser un obstáculo para una comunicación eficaz o para integrarse en un nuevo entorno lingüístico.

¿Por qué centrarse en la conexión, el ritmo y la entonación?
Dominar la conexión, el ritmo y la entonación es fundamental para hablar inglés con naturalidad y fluidez. Aunque la pronunciación es fundamental, estos elementos garantizan que el habla fluya sin problemas y transmita el significado deseado con precisión. Un eficaz entrenamiento del acento hace énfasis en estos aspectos para ayudar a los hablantes no nativos a superar la influencia de su lengua materna y sonar más naturales en inglés.
Conexión en el habla
La conexión en el habla se refiere al modo en que combinamos palabras y sonidos para crear una comunicación fluida. Sin estas conexiones, el habla puede sonar innatural o cortante, lo que hace que los hablantes no nativos suenen robóticos. Los angloparlantes suelen enlazar palabras que empiezan con sonidos consonánticos o mezclar sonidos vocálicos entre palabras, como en «turn off» (que puede sonar como «turnoff») o «see it» (que puede sonar como «seeyit»). Mejorar la forma de conectar los sonidos puede mejorar la pronunciación, el ritmo, la sincronización y la inteligibilidad en general. Al hablar inglés, es importante conectar las palabras con fluidez para que las frases completas fluyan juntas. Las pausas son naturales y apropiadas al final de una frase, al tomar aire o al enfatizar un punto concreto.
El ritmo en el habla
El ritmo del habla es fundamental para una comunicación eficaz. Consiste en patrones de sílabas acentuadas y no acentuadas que influyen en la percepción del mensaje. Las personas están acostumbradas a escuchar un ritmo determinado durante el habla para comprender plenamente un mensaje. Cuando el ritmo no es el adecuado, el mensaje puede ser difícil de seguir o causar confusión. «El inglés es una lengua de acento, es decir, no acentuamos todas las sílabas por igual, sino que dedicamos mucho tiempo a algunas sílabas y nos apresuramos con otras» (The accent Channel). En ingles, al acentuar una sílaba, la vocal se alarga, se hace más fuerte y sube de tono. Esto puede dificultar la adaptación de los hispanohablantes a patrones de acentuación desiguales y afectar al sonido natural de su habla.

La entonación en el habla
La entonación en el habla es la variación de tono que utilizamos para transmitir distintos significados en inglés, ayudando a distinguir entre afirmaciones, preguntas y órdenes. La entonación también puede revelar emociones como el sarcasmo, la incertidumbre o el entusiasmo, y destaca aspectos importantes de un mensaje oral. Cuando variamos la entonación, podemos expresar una serie de significados y emociones.
Los hispanohablantes utilizan a veces patrones de entonación repetitivos cuando hablan inglés, lo que puede provocar que una persona suene monótona y confusa. Sin una entonación adecuada, el discurso resulta plano y difícil de seguir. Acentuar diferentes partes de una frase puede cambiar completamente su significado, incluso utilizando las mismas palabras. Es por ello que dominar la entonación es crucial para una comunicación clara y atractiva.
Diferencias entre el inglés y el español en conexión, ritmo y entonación
El inglés y el español difieren significativamente en su enfoque de la conexión, el ritmo y la entonación. El español, al ser una lengua silábica, mantiene un ritmo constante dando el mismo tiempo a cada sílaba. En cambio, la naturaleza acentual del inglés crea un ritmo más fluido y variado, con sílabas acentuadas a intervalos regulares. Esta diferencia puede llevar a los hispanohablantes a acentuar cada sílaba por igual hablando en inglés, alterando el ritmo natural y la claridad de su habla.
En cuanto a la conexión, el español tiende a mantener un flujo más continuo entre sílabas, con cada sonido claramente articulado. El inglés, sin embargo, suele mezclar sonidos, lo que hace que suene más conectado. Además, mientras que las vocales españolas son precisas y estáticas, las inglesas son más largas y dinámicas, lo que requiere un mayor movimiento de la boca. Por último, cuando los hispanohablantes hablan inglés, tienden a utilizar una entonación repetitiva, y el inglés requiere una entonación variada para transmitir diferentes emociones e intenciones. Al centrarse en estas diferencias -sílabas fuertes, vocales alargadas, entonación variada y conexiones sonoras fluidas- los hispanohablantes pueden mejorar su fluidez y hacerse entender mejor en inglés.

Cómo puede ayudar un logopeda
Un profesor de conversación es esencial para dominar la conexión, el ritmo y la entonación; aspectos fundamentales para comunicarse en inglés con naturalidad. A través de ejercicios personalizados y comentarios en tiempo real, un entrenador puede abordar problemas específicos como la combinación de palabras, la sincronización de sílabas y la variación del tono. Los profesores utilizan técnicas prácticas, como ejercicios de escucha y prácticas rítmicas, para mejorar la fluidez y la entonación del habla. La formación personalizada garantiza que los alumnos comprendan y apliquen eficazmente estos elementos, lo que les permite hablar con más naturalidad y seguridad.
Dominar la conexión, el ritmo y la entonación es esencial para cualquiera que desee mejorar su acento inglés y comunicarse con mayor eficacia. Estos elementos son los componentes básicos del habla natural e influyen en la forma en que se nos entiende y se reciben nuestros mensajes. Aunque la pronunciación es importante, es la fluidez de las palabras conectadas, el flujo rítmico de las sílabas tónicas y átonas y el uso dinámico del tono lo que conforma el lenguaje.
Para los hablantes no nativos, especialmente los que proceden de idiomas con patrones de habla diferentes, como el español, centrarse en estas áreas puede suponer una diferencia significativa en la naturalidad y seguridad con la que suena su inglés. Con la ayuda de un entrenamiento personalizado del acento y de un profesor de conversación, los alumnos pueden desarrollar estas habilidades y lograr una comunicación más clara y atractiva. Ya sea para el crecimiento personal, el desarrollo profesional o la interacción social, afinar la conexión, el ritmo y la entonación puede mejorar nuestras competencias en inglés, ayudando a los hablantes no sólo a ser entendidos, sino también a conectar más profundamente con los demás a través del lenguaje.
Preguntas Frecuentes (FAQ)
1. ¿Qué es el entrenamiento del acento?
Es un proceso especializado que trabaja no solo la pronunciación, sino también la conexión entre palabras, el ritmo y la entonación para mejorar la claridad al hablar.
2. ¿Por qué no basta con pronunciar bien las palabras en inglés?
Porque sin una correcta conexión, ritmo y entonación, el habla puede sonar artificial y dificultar la comprensión del mensaje.
3. ¿Qué dificultades suelen tener los hispanohablantes al hablar inglés?
Tienden a mantener un ritmo silábico uniforme y una entonación repetitiva, lo que afecta a la fluidez y naturalidad del inglés.
4. ¿Quién puede beneficiarse del entrenamiento del acento?
Personas no nativas que desean mejorar su comunicación en contextos profesionales, académicos, sociales o artísticos.
5. ¿Cómo ayuda un logopeda o entrenador del habla?
Mediante ejercicios personalizados y feedback en tiempo real que permiten mejorar la fluidez, el ritmo y la entonación.
Sobre la autora
Soy Jarrisvette Villarreal, originaria del sur de Texas. Llevo varios años viviendo en España, donde he trabajado como profesora de inglés y he dado clases a jóvenes hispanohablantes. A través de mi experiencia, me he familiarizado con los errores comunes de pronunciación y errores típicos que los hispanohablantes cometen cuando hablan inglés. Además de la enseñanza, tengo experiencia como Asistente de Logopeda, donde he trabajado con niños en la articulación a través de la terapia del habla. También he realizado un curso especializado en el entrenamiento del acento a través de «The accent channel», que me ha equipado con las habilidades para proporcionar entrenamiento personalizado del acento. He trabajado diligentemente para conseguir un acento inglés neutro; entiendo los retos y las nociones preconcebidas sobre tener acento. Me entusiasma enseñar pronunciación y ayudar a los demás a alcanzar sus objetivos comunicativos.













